Una fragua se
parece a un diminuto volcán . El carbón de piedra sobre la rejilla de la fragua
se quema rápidamente animado por el ventilador, y sus cenizas encendidas se
elevan por el centro del aparato y caen al suelo, apagadas. La temperatura del
hierro debe ser justa. “Ni muy rojo, ni muy blanco. Si está rojo no está
blando, si está blanco se quema”. Pienso en las enseñanzas que me procuró mi
tío hace unos años; siempre lo hago mientras trabajo con la fragua. Pensar
tiene sus pros y sus contras. Una de esas contras le ocurrió a Mónica dos
segundos antes de que ella ocupara su lugar equivocado en el mundo: el lugar de
Stefanie. Es comprensible el error cuando, con un martillo en la mano, se
piensa en otra cosa que no es lo que se está haciendo, por ejemplo en una
mujer. Se piensa en ella justo cuando
cae el martillo, antes o durante la bronca o el llanto, del recuerdo, de que
Stefanie me llamara o no me llamara, considerando que ella ya no tiene esa voz
real, esa voz de otrora.
Quizás yo no
comprendía aún la importancia de Stefanie en mi vida. La vi por primera vez en
la fiesta de cumpleaños de mi ahijado. No sé de donde salió, no quise
averiguarlo. Estaba sola, y eso me bastaba.
Pasó varias veces frente a mí sin sospechar que yo acababa de perderme,
o de volverme loco. Con algo de terror pensé en la canción de Zitarrosa: “Stefanie, no hay dolor mas atroz que ser
feliz”. En ese segundo (la tarde entera sucedió en un segundo) fui
atrozmente feliz. Una vez que ella se fue del lugar, que ella pasó a ser parte
de la ausencia, permanecí en silencio y
supe que todo lo posterior a esa felicidad era justamente esto que
siento ahora: desamparo. La seguí por la avenida Libres del Sur, luego por
Mitre hasta la laguna. La vi observar el agua mansa, caminar la orilla, y la vi
alejarse, y la dejé.
“Ni muy rojo,
ni muy blanco…” Claro, afinar las puntas de los hierros es una cuestión de
temperatura. El hierro es cuadrado, como de doce milímetros de espesor. Tiene
sus cuatro caras rojo-blanco. Lo retiro de la fragua y lo pongo sobre el
yunque. Golpeo una cara a la vez, tomándolo del otro extremo con la mano
izquierda. El martillo cae y el hierro no opone resistencia, se deforma, se
aplasta, se rinde ante mí como aceptando la derrota. Con Stefanie sucedió algo
parecido: la perseguí incansablemente, la rondé como rondan las abejas a una
margarita o a un limonero. Una tarde la tomé de la mano, así, de la nada, sin
motivos ni excusas. Ella rechazó la aspereza de mi piel, me miró asustada.
“Disculpá”, dije, y luego le referí la canción de Zitarrosa: “Stéfanie, sé que tu corazón fala yi mi, y eso es dolor, Stéfanie…”.
“Ese no es mi nombre” dijo, y agregó: “Creo que estás equivocado”. No me
comprendió en ese momento, y se alejó.
Luego la casualidad quiso que la encontrara en
el Banco de la
Provincia. Estaba justo delante de mí. Y le dije no sé que
tontería, y se rió, y esa risa se prolongó con otras tonterías similares. Yo no quería que la fila de personas en la
que estábamos avanzara. Por primera vez en mi vida aspiraba a quedarme dentro
de ese lugar, a no salir jamás. Deseaba que el tiempo fuera una bola de pelos,
una maraña de horas perdidas. Stefanie parecía aceptar esa inmovilidad del
tiempo, hasta parecía agradarle. Recuerdo que esperó a que yo terminara mis
trámites y salimos juntos del banco. Afuera, la tarde no era más que una lluvia
precisa, un bar de esquina, un café a deshora. Se rió mucho, y eso me pareció
una buena señal. Aunque yo me retorcía pensando en la canción de Zitarrosa,
pensando en esa Mónica-Stefanie de la canción que ya suponía aterradoramente mía.
El martillo
sigue cayendo, pero sobre otro hierro. Hay varios hierros sobre la fragua. Cada
vez que termino de martillar uno pongo otro; así la cadena es interminable,
infinita. Mientras pienso en Stefanie no puedo pensar en otra cosa, como en la
cantidad de hierros que tengo que amoldar. Para el caso sería lo mismo diez,
veinte o doscientos hierros. Ni siquiera escucho al paisano que llega con el
tractor, ni a mi tío preguntándole qué necesita. Ni siquiera me fijo en el
perro al que casi quemo cuando arrojo el
hierro afilado hacia atrás. Ella es la dueña absoluta de toda mi atención. Ella
o Mónica. Stefanie o Mónica caen una y otra vez sobre el metal y es ella y no
el hierro la que se va enfriando sobre el piso de tierra.
Tenía el
cabello desprolijo aquella tarde en el café, y un mechón se le metía dentro de
la taza cuando la empinaba hacia sus labios. No era desprolijo, sino revuelto
naturalmente. Los ojos tristes (no podría ahora detallar cómo eran sus ojos de
tristes) recorrían el lugar y luego se fijaban en mis ojos y nos quedábamos
unos instantes mirándonos. Y se reía con una boca con labios finos y largos,
con una risa de viento sobre la chimenea o de volcán minúsculo parecido a una
fragua. Decía que conocía a mi hermana menor, que había cursado parte de la
secundaria con ella. Me dijo que había ido un par de veces a mi casa a buscar
unos apuntes y demás. “No te creo”, le dije en algún momento, lo que pareció
molestarla. En verdad no le creía que conociera a mi hermana; pero luego, en la soledad maravillosa de mi
cuarto, comprendí que quizás no fuera que no la conociera, sino que yo prefería
que no conociera a nadie. Stefanie era una especie de invento de amor, una
manera de esfingie sagrada sobre mi mesa de luz, sobre mí o sobre mi repisa.
Esa noche no dormí bien. Ella a mi lado daba vueltas y yo despertaba a cada
instante y la buscaba en vano porque su lugar aún no era su lugar. Yo ni
siquiera sospechaba que jamás lo sería.
“Stéfanie, yo ayer estaba solo y hoy
también…”. Casi termino el trabajo. Me detengo para levantar la vista y ver
las calandrias que comen del cebo que mi tío les ha puesto sobre una horqueta
del aromo. “Está el mate”, me gritan desde el fondo, y me paso la manga de la
camisa por la frente. Desenchufo el ventilador de la fragua y entro al taller.
Hay una ronda de tres o cuatro personas que hablan del campo, de la lluvia que
no deja cosechar el cereal. No me importa. Ningún tema me importa. Y fumo
mientras veo el suelo y yo sí cosecho una especie de soledad falsificada, de
desierto interior. Suelto el martillo que distraídamente aún tenía en la mano y
acepto un mate, el único. Si hubiese tomado algún otro mate seguro que el
destino hubiese sido diferente. Esas cosas del tiempo, de los caprichos de no
sé que Dios o Demonio.
Una de esas
tardes en que solía visitarme, le pedí que “formalicemos, Stefanie, vivamos
juntos”. Le molestó que la llamara de esa manera, le molestaba siempre ese
nombre. “Bueno Mónica, disculpá, ¿formalizamos?”. Pegó un portazo y salió
llorando como una niña, las manos sobre la cara y los mocos por la pera. Me
sorprendió esa reacción. Supuse que luego se le pasaría, y así fue. Por la
noche me llamó por teléfono y me dijo que ya no la llamara de esa forma, veinte
veces repitió que su nombre era Mónica, que al principio le parecía gracioso,
pero ya no. Seguía enojada. En verdad no la comprendí. Por eso la vida es
cruel, pensé en ese momento. Luego de colgar el teléfono me tendí sobre la cama
y el ventilador me negó la luz continua, la que necesitaba para pensar. Su
sombra giraba y dentro de su sombra la luz estaba quieta. ¡Qué locas son las
mujeres! No la volví a ver por unos días. Mi madre preguntaba por ella y me
decía: “Algo le habrás hecho a esa pobre chica”. Para mi madre todas son
“pobres chicas”. Nunca me creyó que yo no le había hecho nada, que sólo se
ofendía porque la llamaba Stefanie.
Hay un ideal
que uno persigue. El ideal de este martillo, por ejemplo, es acertar el golpe,
y el ideal del golpe es deformar el hierro. Lo supe ayer, cuando ella me dejó
definitivamente. Mónica se fue dando otro portazo, y el que lloró entonces fui
yo, porque esa despedida me pareció definitiva. Creo que en ese momento comencé
a dilucidar ciertas cosas.
Ahora el sol me
da de lleno sobre el rostro. El mediodía es la peor hora para trabajar con la
fragua. Sea invierno o verano como ahora, sea la época que sea. Se te pega la
ropa en el cuerpo, te tira la manga de la camisa que no podés arremangar porque
te quemás los brazos. Hay una especie de odio entonces, una puteada que te
brota de los dientes. Puteo sin pensar, y el martillo cae con fuerza sobre la
punta del hierro rojo-blanco, una y otra vez. Insultar es una bendición. Parece
que el hierro cede ante los insultos, que de alguna manera su materia se
atemoriza y se deforma. Yo ayer estaba
solo, y hoy también. Solo golpeando el hierro, solo cuando llegue a mi
casa, solo cuando me acueste….
Anoche no dormí
bien, como la noche luego de conocerla. La cama era una molestia en mi espalda,
las sábanas tenían esa humedad del llanto, el televisor esa idiotez infundada.
Intenté leer un libro, un cuento de Abelardo Castillo. Luego me levanté y bebí
té de boldo, de esos que toma mi madre para los nervios. Fumé dos cigarrillos mientras
lo bebía, y pensé que su portazo definitivo era sencillamente eso: dos
cigarrillos de despedida. Sólo que yo fumé el mío y el suyo. Pero era extraño.
Stefanie seguía allí, en algún lugar del cuarto. Quizás en las paredes, quizás
sobre la tela de araña del rincón, tal vez oculta detrás de alguna mancha de
humedad. Con esa certeza me dormí, con la idea de que el fantasma de Stefanie
me rondaba y me amaba tanto o más que Mónica, seguramente mucho más que Mónica
a esa altura de la noche.
Miro el reloj
cuando mi tío me dice hasta luego. Casi termino con el trabajo, dos hierros
sobre la fragua, quizás veinte o treinta martillazos sobre los hierros.
Sospecho que terminaré de un momento a otro, y parecería que mis golpes son
cada vez más lentos y menos precisos. La voz de Mónica me alegra un poco, debo
reconocerlo. Pero es la voz de Mónica, ¡de Mónica! “¿Mónica?”. Me doy vuelta y
aquí esta ella. “¡Al fin!” me responde. Entonces termino de redondear la idea:
es Stefanie la que se ha ido definitivamente, es ella la que me ha dejado
tendido en el cuarto aturdido por el portazo. Pero Mónica está detrás de mí y
repite “al fin”.
La fragua
calienta los hierros y debo terminar con el trabajo, apagar el carbón, encerrar
a los perros y cerrar el taller.
Entonces comienzo a putear desaforadamente, ahora seguro de que los
insultos me ayudarán a aplastar los hierros. Mónica intenta decir algo, o lo
dice, sólo que no la escucho. De reojo tengo tiempo de verle mover los labios,
y pienso que ahora sí estoy definitivamente solo, a pesar de que Mónica ha
vuelto y de que el martillo vuelve a caer una y otra vez, una y otra vez, y en
cada golpe va un insulto, en cada golpe una lágrima, y en ese dolor ineludible
va Stefanie dejándome, alejándose de Mónica que no sospecha absolutamente nada,
que ni siquiera ve el martillo en mi puño cerrado y ciego, que ni siquiera
sospecha el golpe. La vida es cruel,
Stefanie. Y el calor intenta evaporar mis lágrimas, el sudor ansía
esconderlas. La vida es cruel…-
L.P.
















