miércoles, 13 de agosto de 2014

¿Por qué se mueren los perros? Dirán: se mueren porque se muere todo el mundo. Lo que intentaba decir era otra cosa: al menos podrían tener 7 vidas como los gatos, podrían tener una coraza como las tortugas, podrían ser longevos como los elefantes, podrían vivir más que nosotros. En cambio son frágiles, pequeños, peludos mansos con pocas ganas de vivir. Andan muriéndose a cada rato, injustamente, muriéndose en las esquinas y en los terrenos baldíos o en nuestras casas y dejándonos así, con un agujero en el fondo del patio y otro pozo doloroso en la memoria. Porque los perros vienen, nos invaden, nos mean las macetas, y cuando queremos acordar, cuando más los necesitamos porque somos así de lentos para darnos cuenta de lo bien que nos hace su compañía, ya estamos nuevamente solos con el perro muerto sobre la falda. A todos esos perros, a los que fueron míos con esa lealtad desmedida, con ese sacudir de cola, de agachar orejas y destrozar zapatillas, les debo algo más que el agradecimiento: lo justo sería un pedazo de mi propia vida así como ellos me concedieron, completa y desinteresadamente, la suya.
Estoy en el bar y el tipo de la mesa de al lado toma una servilleta y se limpia los mocos, la hace un bollito y la mete dentro de la taza de café que acaba de beberse. Sigue conversando con un señor de traje que tiene sentado enfrente, como si nada. Al los dos minutos vuelve a hacer lo mismo, y dos minutos después lo mismo, hasta que llena la taza con bollitos de servilletas con mocos. "Cagó", pienso. "Si ahora sigue con la taza del otro me descompongo del todo". También pienso: "¿qué pensará este tipo?" No, por lo visto el hombre es muy educado y no tiene intenciones de llenarle la taza de mocos al otro pobre infeliz. Lo que hace después de haber completado la suya es arrojar los bollitos debajo de la mesa. "¡Uf!" pienso. "Menos mal".
Ayer miraba un capítulo de Kick Buttowski, medio doble de riesgo, en el que Kick intenta que Jakie se enamore de su amigo Gunther y que de ese modo ella deje de acosarlo, enfermizamente, a él. Pero la chica no está enamorada de Kick sino por sus proezas extremas. Por lo tanto, el inútil de Gunther debe hacer alguna hazaña que ponga en peligro su propia vida para lograr que la chica le preste atención. Entonces sube a un pico montañoso muy empinado, llamado el Pico de la Viuda, que ni siquiera Kick se sentía preparado para afrontarlo, se acomoda en un carrito destartalado de cuatro ruedas y Kick le dice, desesperado: "¡no lo hagas, te vas a matar!" Entonces Gunther responde: "¡QUIERO VIVIR HASTA QUE DUELA!". Yo abrí los ojos lo más que puede, miré a mi hijo que no se inmutó, y lamenté por todos los cielos no tener uno de esos abonos del cable donde uno puede grabar de la televisión y volver a repetirlo cuantas veces quiera.
En un principio dudé si anotar la frase en la hoja de las frases con dueños o en la hoja de las ocurrencias mías. Pensé que nadie más en el mundo, adulto como yo, podría estar viendo ese capítulo de Kick Buttowski, medio doble de riesgo, donde Gunther pronuncia su genialidad en menos de un segundo. Arriesgué que si la edad promedio que a esa hora estaba viendo la serie fuera de cinco años y mi hijo, bastante avispado, no le había prestado atención, eran muy pocas las chances de que algún otro niño en el mundo hubiera abierto los ojos como yo. Pero para mi desgracia busqué la frase en google y efectivamente pertenece a Kick Buttowski, es un latiguillo de la serie. Cuando dicen "más fácil que quitarle un caramelo a un niño", no lo crean tan así. Ya no se le puede robar nada si siquiera a una serie animada. Yo que pensaba plagiar los cien años de soledad, imaginaros.

martes, 14 de enero de 2014

Puede que yo sea una mala persona

Hoy a la mañana salgo del taller para hacer un trabajo en la casa de un cliente. Paso por mi casa a buscar el taladro, unos tornillos, un alargue y un frasco de vidrio donde tengo guardadas todas las mechas que uso para agujerear pared. Apurado como siempre salgo con todas las cosas bajo el brazo, las tiro al lado del auto, cierro mi casa, meto las herramientas en el baúl y me voy. A las dos cuadras veo un auto con el capot levantado. Cuando paso el tipo justo cierra el capot. Lo reconozco y me hago el distraído. El hombre nunca me hizo nada, ni malo ni bueno, pero lo detesto digamos que naturalmente. Hablamos por casualidad dos o tres veces en esta vida y cada vez terminé odiándolo un poco más. Así que cuando miro por el espejo retrovisor lo veo en medio de la calle haciéndome señas. Se llevó los dedos a la boca y silbó un par de veces, y luego volvió a hacerme señas agitando los brazos. "Ni en pedo paro para remolcarte, pedazo de forro" pensé, y me sentí bastante bien hasta que dos cuadras más allá, más o menos, escucho una explosión, vidrios rotos, hierros rodando por la calle. Lo que el imbécil me quería decir no era que lo remolcara, sino que llevaba sobre el techo del auto el frasco con las mechas. Recordé, recién en ese momento, que lo había dejado ahí cuando metí las herramientas en el auto. Mientras recogía todos los vidrios y buscaba todas las mechas trataba de razonar si yo no sería en realidad un tipo jodido, una mala persona. Si habría alguna diferencia entre ser un jodido o un pelotudo, si podía elegir entre ambas cualidades o si en el mismo frasco podrían venir mezclados y sazonados los dos adjetivos.

jueves, 2 de enero de 2014

Por las dudas

Cuando empezamos a arreglar esta casa en la que ahora vivimos no le dimos importancia a la figura de la Virgen de Lourdes que aún sobrevive sobre la pared del frente. Es una imagen de 40 cm de altura por 25 cm de ancho, y la forman tres cerámicos pintados, embutidos en la pared y enmarcados por unos "firuletes" de hierro. Lo cierto es que a punto de terminar con la remodelación reparamos en la virgen ahí a dos metros y pico desde piso, tan visible ahora que la veíamos y coincidíamos en que "no pega ni con cola", así decíamos rascándonos el mentón o cruzados de brazos, pensándonos arquitectos, decoradores en pose afeminada, torciendo la cabeza de un lado hacia el otro para cambiar no sé que vana perspectiva. Acordemos que soy agnóstico practicante más por porfía que por estudio, y que pegarle cuatro mazazos a los cerámicos no me hubiera costado más de cinco minutos que entre tanto trajín ni lo hubiera notado, pero pasó otra cosa que aún no termino de redondear del todo que hizo que pensara en otra alternativa como tapiar la imagen, dejarla ahí pero oculta tras una fina pared de concreto y cortar los hierros que la adornaban. Pegaron el grito en el cielo, que algo había que hacer pero no eso, por respeto, por temor, por quién sabe cuantas cosas. ¿Qué hacer entonces? ¿Como se arranca o se oculta la imagen religiosa de una pared sin ofender, sin creer y sin temer? Porque en el fondo, digamos que a lo bruto, lo que pasa es lo siguiente: ¿y si realmente esa virgen estuviera ahí protegiendo la casa? Pienso que lo agnóstico no quita lo cauto, y pienso que esa imagen quedará ahí (esta frase común viene como anillo al dedo) hasta que las velas no ardan Así, como “por las dudas”, la virgen se volvió intocable. Uno nunca sabe.


miércoles, 9 de octubre de 2013

Familia de cerdos

Siete y media de la mañana miré en Discovery Kids unos dibujos animados que son una familia de cerdos. Los dibujos son muy básicos, planos, sin perfiles, de esos en los que los ojos están del mismo lado de la cabeza. El tema de hoy trataba sobre el cumpleaños de la madre cerda, y el marido cerdo y los hijos cerditos preparaban la fiesta. No sé por qué motivo comencé a preguntarme cuántos años cumpliría la cerda. Esa duda, pienso, tiene que ver con esta manía de escribir que tenemos algunos, donde tratamos de destejer tramas, descubrir los trucos de otros escritores, de develar secretos. El problema pasó a ser mi problema, porque ni por las tapas podía hacerme una idea de qué edad le hubiera puesto yo a la cerda si hubiera tenido que escribir ese guión. 27, 23, 32 años. La cerda ya tenía dos cerditos, a lo mejor debería tener más de 25  pero menos de 35, algo así. Me relajé y esperé a ver cómo había resuelto el problema el escritor . Cuando llegó el momento de poner las velas sobre la torta, creí que era cuestión de segundos los que debía esperar para despejar mi intriga. El cerdo padre pone tres velas y exclama ¡Oh, no! ¡Se acabaron las velitas! Entonces la cerdita menor le pregunta cuántos años cumple su madre. Yo pensé que ya estaba, no podían seguir con el misterio. Entonces el cerdo se arrima a la oreja de la cerdita y se lo dice en secreto. La cerdita exclama ¡Esos son muchos años! ¡Qué hijo de puta!, grité, porque me di cuenta de que este guionista tampoco había podido resolver qué edad debería tener la cerda. Valentino me miró sorprendido. Le dije, para no dejarlo así, en ascuas: "Hijo, lo escritores son todos unos hijos de puta".

L.P. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Motivos para no recomendar lecturas

Hace unos años un amigo tuvo la genial idea de leer un texto mío publicado en una revista de mi ciudad. El cuento era un disparate sobre la vida de un hipopótamo. Mucho no lo recuerdo, y por suerte desapareció tanto la revista como el original. Lo cierto es que para mi amigo la lectura de ese texto fue un antes y un después en su vida. O sea: hasta ese momento nunca había leído nada y después de ese momento siguió el mismo curso. Esa fue mi desgracia, porque en tres de cada cinco reuniones de amigos que tenemos al año, recuerda el cuento y se revuelca de la risa. Paso a ser el punto de broma de la parranda. Conclusión: ese cuento, ese único cuento que leyó mi amigo y le pareció un disparate digno de risa y burla (puede que realmente fuera horrible, no sé) no solamente me crucificó, me negó un puñado de lectores y me quitó de un revés la posibilidad de retribuirme con otro texto, sino que también arruinó su primera y última intención lectora considerando que el texto no logró conmoverlo en lo más mínimo. Pienso en esto porque el otro día, en el local donde me venden los hierros que uso en el taller, hablando con un empleado tan o más engrasado que yo (no me pregunten cómo llegamos al tema de la literatura) el hombre me confesó que nunca había leído una novela y que yo le recomendara alguna. Le di un par de títulos, sin mucha importancia, que se fijara. Pero recomendarle una lectura a alguien que nunca leyó nada salvo algún manual de instrucciones o la sección deportes del periódico, puede ser algo tan próspero como catastrófico. Digamos que el futuro literario de esa persona está en tus manos, y según lo que le recomiendes puede que se vuelva un lector voraz o un eterno enemigo de los libros. Obviamente uno intuye, de acuerdo a gustos propios, más o menos, qué le podría recomendar a un lector primerizo, pero no se puede adivinar ni por las tapas si ese libro puede gustarle a esa persona porque ahora entramos, valga la redundancia, en el terreno de los gustos y las apreciaciones. Considerando que sólo tendremos una posibilidad para meterlo de lleno en el mundo de la lectura, la empresa se tornará un poco suicida. A decir: una persona “lectora por naturaleza”, como yo les llamo, habrá leído una parva considerable de libros que no le han gustado, y no por eso abandona la lectura y sigue en su eterna búsqueda según sus propios gustos. Pero un “no lector” es una caso serio (no dije raro), y por lo tanto un desafío casi siempre perdido. Que le recomendemos justo la novela que encienda la mecha, que le explote la cabeza, que le haga descubrir como lo hizo José Arcadio Buendía también devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación que: ¡la tierra es redonda como una naranja!... no creo. Cuestión de suerte nada más, de acierto. 

L.P.


martes, 24 de septiembre de 2013

Bicicleta

A la persona que inventó la bicicleta habría que haberla matado antes de que hiciera el primer bosquejo. Es más: en cuanto la imaginó tendría que haber sufrido un infarto del miocardio, tendría que haber caído desde un precipicio, muerto de lepra, quemado, atragantado con un choclo... Muerto, ¡bah!, muerto y a la mierda la bicicleta. (Así, en caliente, mientras intento recuperar el aire y controlar el temblor de las piernas, me resulta fácil odiar).

Trámites

Ayer tuve que hacer un trámite en una oficina de mi ciudad. Me habían adelantado que el encargado del papelerío que estaba antes no estaba más, y que ahora había otro tipo que "es un sorete, un soberbio de mierda". Así me dijeron. Me atiende un persona en la puerta, me hace pasar. Ahí estaba el sorete detrás del escritorio, sin mirarme, sin saludarme, me pregunta qué ando buscando. Mal dispuesto, me siento bruscamente en la silla sin que me diera el permiso, le dejo los papeles sobre el escritorio. Agarra los papeles y se pone a leerlos. "Acá faltan cosas. Siempre faltan cosas". "No creo, le digo". Antes de sentarme yo había visto el teléfono sobre el escritorio. Lo busque y lo descubrí encima de unas carpetas. Le digo: "¿Es un Galaxy 4, no? Recién ahí el tipo me miró, como sorprendido: "El celular, digo. Es un Galaxy S4? Me miró por unos segundos, miró el teléfono, me volvió a mirar y se sacó los anteojos. Luego agarró el teléfono: "¿Lo conocés?" "No, le digo. Todavía no me da el cuero". Y empieza: "No sabés lo que es ésto, hace maravillas" Me sorprendió la velocidad con la que el tipo cambió la cara y la actitud. "Mirá, toma, fijate, es una maravilla. Yo tenía un S2 y salté a éste, se puede hacer lo que quieras. Lo único que le falta es preparar café". Se olvidó de mis papeles, de la cara de culo que tenía, se olvidó de todo. Nos pasamos 20 minutos hablando del teléfono, y cuando me iba me dio la mano y sonreía como fascinado. Ahora bien: creo que no hay persona en el mundo, ni una sola, que no tenga un tema de conversación que lo libere de tanto encierro mental. En este caso le pegué entre los ojos y por un instante saqué al hombre de su pozo de mierda. Pero no siempre se tiene tanta suerte.

Uno

Uno se levanta más o menos bien. Se lava la cara, lleva el nene al jardín, conversa con alguien, va a la obra, organiza un poco el trabajo, pica pared, tira caños de luz, sale, hace compras, vuelve al trabajo, y piensa: un día más o menos bien: lindo, tranquilo, despejado, "normal". Uno tampoco pide mucho. No anda por ahí rogando cambios maravillosos. Uno acepta, se acostumbra, se conforma. Clase media en todos los aspectos: para pensar, para hacer, para ambicionar. Lo justo, digamos. Así uno llega al mediodía a su casa, se hace un café, le da la comida al nene, acaricia un poco al perro lamentando que a las 4 de la tarde no va a poder ver el partido del Barcelona como lo único para reprocharle del día y ¡PUM!, se da cuenta de que algo se ha quebrado como un vidrio; una quebradura que va por debajo, por el fondo, dañando, diciendo acá estoy yo arruinando tu día clase media. ¿Qué fue eso? Uno nunca termina de darse cuenta, ¡PUM!, está ahí, lastimando. Después el día sigue, claro, pero no es lo mismo.

martes, 6 de agosto de 2013

Vení

Le dije: 
-- Vení, tenemos que hablar de hombre a hombre. 
-- ¿Qué es de hombre a hombre?
--Vos sos hombre, yo soy hombre, tu mamá es mujer, la tía es mujer, Facu es hombre, Augusto es hombre, Josefina es mujer... así, ¿entendés?
-- Si. ¿Y qué querés hablar de hombre a hombre?
--Mirá, Valentino. Tenés que hacer caca. No puede ser que te pases 5 días sin hacer caca y hagas semejante escándalo. No es feo hacer caca, es lindo. Si no hacés te va a hacer mal y te voy a tener que llevar al médico.
--¿Y eso querías hablar de hombre a hombre?
--Si.
Me miró desde sus cuatro años recién cumplidos (acá me obliga un narrador omnisciente) y pensó: "éste es un pelotudo". Lo adiviné en su mirada. No dijo nada más. Yo menos.

L.P.

La luz

Hoy estaba parado en la vereda de mi casa. O sea bien parado sobre la entrada de mi casa. O sea que cualquiera se daba cuenta de que esa era mí casa, de que no estaba ahí por casualidad. Intento dejar esto bien en claro por lo siguiente: llega un cartero, deja la bicicleta en la calle, me rodea para pasar sin empujarme, abre la reja, camina hasta la puerta y tira por debajo una boleta. Ni buenas tardes, ni hola, ni permiso, ni chau. Luego vuelve hacia la bicicleta. 
"¿¡Qué repastís!?", le pregunto antes de que se vaya. 
"La luz", responde medio gritando porque ya estaba lejos. "La luz", así, como ironizando. 
Raro, ¿no? Digo: que alguien que reparte luz sea tan apagado y sombrío.

L.P. 

miércoles, 26 de junio de 2013

Mudo







Creo —por no decir “estoy convencido”— que dentro de no mucho tiempo quedaré absolutamente mudo. Me he dado cuenta de que mi léxico está disminuyendo, que casi no puedo hablar de corrido y que ponerme a conversar con alguien es una especie de suplicio. Como si se me trabara la lengua, como si alguien me fuera quitando las palabras de la boca una millonésima de segundos antes de poder soltarlas. No es que me niegue al diálogo (bueno, en algunos casos sí, pero eso es otra cosa), sino que el diálogo se niega a mí. Entonces es esa especie de sufrimiento, porque mientras la persona suelta su primer puñado de oraciones me quedo pensando en las dos primeras palabras que dijo, y después en qué dijo y luego en qué responderle. Voy atrasado digamos, lento digamos. No puedo coordinar lo que estoy pensando con lo que voy diciendo. Ausente mi pequeño diccionario mental de sinónimos y antónimos, perdida mi pobre RAE, lejano mi dialecto, oxidada mi lengua, mi paladar y mis labios. Atrofiado, digamos de una vez por todas. Atrofiado verbal. Vacío de palabras como un bebé. Por lo tanto ya saben: no insistan.

L.P.  

martes, 4 de junio de 2013

El hombre solo

 Cuento  publicado en "La Balandra" en el año 2012




Aquel día olvidé el consejo. Fui una especie de buen tipo creyéndose caritativo sólo por tener una Volkswagen Transporter  bastante nueva. El hombre estaba ahí, en plena patagonia, tomando polvo y viento y sol. Un pobre diablo,  de eso estoy seguro.  Yo había pasado la noche es Villa Stroeder, un pueblo tranquilo como pocos, apenas un punto en medio del desierto. Por la mañana, cuando retomé la Ruta 3 camino a Bahía Blanca, vi al hombre que hacía dedo. Y esas cosas del aburrimiento, de la nostalgia, de olvidar consejos, esas ganas de oír una palabra hicieron que me detuviera. Un pobre diablo: sobretodo gris, un bolso pequeño en una mano, un cigarrillo en la otra. Y su gran altura. Eso fue lo primero que vi.
—Buen día, jefe —grité a través de la ventanilla abierta. Al hombre no le alcanzó esa abertura. Abrió la puerta. Me saludó con un gesto de la cara—. Voy para Bahía —agregué—. ¿Le sirve?
—Si, gracias —dijo el tipo.
Tuve tiempo de ver en su cara rastros de viruela cuando subió y se acomodó en el asiento También observé sus zapatos negros.
—Qué viento, hermano… —dejé la frase abierta. Puso el bolso sobre la alfombra de goma, entre sus piernas. Silencio. Algo parecido a una lagartija cruzó la ruta. El viento levantaba una polvareda fina y revolcaba arbustos sobre la patagonia. Cuando de nuevo puse al vehículo en movimiento, el tipo habló:
—Tuve suerte —dijo—. A veces espero por horas que alguien me levante.
—Me imagino. Estas rutas son la muerte —respondí sin mirarlo. Recuerdo que en ese momento iba pensando en las  palomas mensajeras que había soltado el día anterior en algún punto de la ruta. Clientes que tenían palomares me daban las palomas, y yo se las soltaba a la distancia  que ellos me decían. Digamos que era una atención. Ellos me compraban zapatos; yo les soltaba palomas.
—Quién sabe si volverán —dije, y miré hacia arriba por encima del volante.
            Yo intentaba iniciar una conversación; creí que el tema de las palomas sería acertado. Al hombre no le importó. Sin embargo  murmuró que trabajaba en una petrolera.  Todos por allá trabajaban en petroleras o en las minas. Mucho no me interesaba. Yo prefería hablar de palomas o de mujeres. Pero se trataba de iniciar un diálogo, así que me deshice de pretensiones.  Dije, mostrándome entusiasmado: “Qué bien”. Pregunté cómo le iba.
     —Normal. Ya sabe.
Yo no sabía, pero estaba dispuesto a seguirle la corriente.
—Por lo menos estas empresas extranjeras no tienen problemas a la hora de pagar.
                 —Ajá —dijo.
Agregué:
     —Pagan en tiempo y en dólares.
     — No tiene importancia —dijo. 
Vi que al hablar mantenía la cabeza rígida, la mirada pegada al parabrisas.
—Lindo color el del dólar.
—Sí —respondió. Y repitió la frase—: No tiene importancia.
Lo miré de reojo. Algo hubo en el tono de su voz, algo que no supe describir. Esperé a que siguiera hablando, pero no dijo nada más.
—Cómo no le va a importar el color del dólar, jefe. Para algo trabaja.
El tipo no respondió. Fregaba sus manos sobre el pantalón.  Vi que estaban limpias y blancas.
—Y qué hace en la empresa. ¿Trabaja en las oficinas?
—No.  Estoy en mantenimiento. Un trabajo de mierda.
Cuando concluyó la frase miró hacia el costado. Un cartel destartalado se movía con el viento. Lo siguió con la vista como si le hubiera interesado. Luego me di cuenta de que empezó a hacer lo mismo con todos los carteles. Los seguía desde el frente hasta girar la cabeza casi un cuarto de  vuelta. Me pareció gracioso, pero a la vez intuí que ese juego era parte de algo extraño, infantil. Un rato después cambió de actitud y volvió a mirar fijamente el parabrisas.
Habríamos hecho para entonces unos treinta kilómetros. De pronto el tipo dijo:
—Me tengo que matar.
Dijo: “me tengo que matar”. Yo lo escuché bien, pero podría haberme equivocado, podría haber dicho  otra cosa como: “me tengo que bajar”. Eso quise creer, pero no me dio tiempo.
—Me tengo que matar,  y otro se va a ir conmigo.
Lo miré a la cara, de frente, por primera vez desde que iniciamos el viaje desde aquel desierto paraje de Villa Stroeder, porque él también me miró recto a los ojos, como un relámpago, como un disparo, y luego siguió mirado hacia adelante. Yo volví la vista a la ruta. En ese segundo había movido levemente la dirección, y la camioneta transitaba ahora por la mano contraria. Enderecé el curso, sonreí, traté de que el hombre viera mi sonrisa. No lo hizo. Entonces simulé una carcajada breve. El tipo tampoco reaccionó. Dije:
—Qué le va a hacer, jefe.
—Eso —dijo, y agregó—: Nada.
Yo esperaba que se largara a reír, esperaba el final de la broma. En algún momento de esa espera presentí que quería seguir con el juego un rato más. A él también le parecería insoportable el viaje.
—Jefe, ¿unos mates?
—No hay tiempo.
Le dije que aún faltaban varios kilómetros para Bahía Blanca.
—Eso no importa. No hay tiempo —repitió.
Movió levemente las piernas, y se volvió a frotar las manos contra el pantalón. Yo traté de pensar en los consejos: no levantes a nadie en la ruta; hoy es peligroso. Había desoído los consejos, pero creía tener mis razones: la gente del sur, la buena gente de los pueblos de la patagonia, gente sin maldad, hospitalaria hasta la médula, atentos hasta la bronca. Llevar a una maestra, a unos niños, a un campesino. Muchas veces había levantado gente como esa. Tenía mis motivos para desoír consejos. Ahora me acordaba de ellos, pero no podía creer lo que estaba sucediendo; seguía aferrándome a que era una broma de este pobre diablo. Entonces vi pasar una paloma, y la seguí con la vista hasta que se perdió en lo alto.
—Debe ser de las que solté ayer —dije—. Mucho viento.
Recordé que nunca le había hablado de que yo soltaba palomas. Entonces agregué: —Le suelto palomas a los clientes, palomas mensajeras.
Tampoco le había contado que yo vivía en Buenos Aires y que venía seguido al sur a vender zapatos.
—Soy vendedor de zapatos.
—Ajá —dijo el hombre.
—¿Le gustan las palomas, jefe?
El tipo giró la cabeza hacia la ventanilla. Yo aproveché  para mirar el bolso que estaba sobre la alfombra, entre sus piernas. Me estaba asustando. Pleno mediodía en la patagonia, pleno sol, y un temor parecido a la vergüenza.  Muchas veces había pensado en lo que haría si me asaltaban. Recordé que un amigo, con el tipo sentado al lado apuntándole con el revólver; había decidido tirar el vehículo a la zanja, saliera pato o gallareta. Yo miré hacia la banquina: polvo, yuyos, poca profundidad. Pensé: si hago una maniobra brusca la vuelco, y a la puta madre. Pensaba todo esto, pero a la vez no lograba hacerme a la idea de que algo así pudiera estar pasándome. Intenté dos o tres veces el diálogo, creo que hasta le conté un chiste, pero el hombre estaba ahora con la  sien apoyada contra la ventanilla; podía verle la respiración en el sobretodo, cierto nerviosismo en las manos. Decidí tomar las cosas a la tremenda. Estaba en el baile:
—Y por qué, jefe, qué le anda pasando.
Entonces me miró:
—Porque sí. No sé por qué.
—Bueno, creo que usted sabrá, pero haga lo que le parezca —dije esto sin pensarlo, o más bien con bronca.
El hombre no respondió.
Justo cuando mis piernas empezaban a temblar recordé lo de la llave abajo del torpedo, arriba del pedal del embrague. Una tecla que le había hecho colocar a la Volkswagen cuando la había comprado, por miedo a que me la robaran.  Era un interruptor que funcionaba como los de encender las luces domésticas. Cuando lo movía con la punta del pie se cortaba la corriente de la bomba y ésta dejaba de inyectar combustible. El vehículo se paraba enseguida. Antes de poner mi plan a funcionar, respiré profundamente. Abrí un poco la ventanilla. Un viento fresco me hizo cerrar los ojos. Otra vez pude ver la paloma, pero supuse que no era la misma. El tipo seguía ahí. Tuve que mirarlo varias veces para descubrir que no había ninguna sonrisa en su cara, para convencerme de seguir adelante con el plan. Entonces levanté la punta del pie izquierdo y moví la perilla. Fue una especie de susto y de alegría que se mezclaron. El motor se paró. Quité el cambio y dejé que el vehículo corriera, mudo.  Me di cuenta de que debía decir algo cuando el hombre me miró. Entonces insulté, e hice un gesto como de asombro.
—La puta madre, jefe, lo que nos faltaba. —Dije “lo que nos faltaba” como si esto significara que aparte de que el tipo me iba a matar a mí y luego se iba a suicidar,  el  vehículo nos dejaba varados. Ante el silencio del hombre agregué.
 —A ver qué le pasó a esto.
Cuando nos detuvimos agarré la manija de la puerta, y antes de abrir lo miré. Él había vuelto la cabeza hacia la ventanilla. Respiré aliviado. Me bajé y levanté el capot. Por alguna hendija  pude ver al hombre sentado, ahí, como si nada. Pensé en salir corriendo. Miré hacia todos lados. Desierto, yuyos cortos, vasta distancia, soledad. “Adónde mierda voy a ir”, pensé; “adonde mierda voy”. Entonces reparé en las posibilidades que tenía hasta el momento: arrancar el vehículo, volcarlo y tener la suerte de que el tipo se desmayara o se matara en la maniobra, y yo salir ileso. Una estupidez. Salir corriendo así, sin nada, tratar de perderme entre el polvo, de que me tragara la inmensidad descolorida de la patagonia, imposible. Hubo entonces una tercera: lograr que el hombre se bajara con la excusa de empujar la camioneta. Subí y le di arranque varias veces, siempre con el interruptor cortado.
—Qué macana, jefe —dije tratando de conservar un tono parejo en la voz—; vamos a tener que empujar.
El hombre me miró durante un instante eterno. Me miró mientras yo lo miraba. Traté de mostrarle una cara inocente, lo más pelotuda posible. No le di tiempo a nada. Me bajé y comencé a empujar la Volkswagen solo, desde el parante de la puerta. No logré ni moverla. Vi entonces que el tipo dejaba el bolso y se bajaba. Se aferró al parante de la puerta de su lado y comenzó a empujar. Cuando la camioneta tomó algo de velocidad, subí de un salto y puse el cambio. No sé por qué no encendí el interruptor para que arrancara en ese primer intento. Creo que temí que el tipo lograra subir como un gato. El vehículo no arrancó, por supuesto. Bajé, volví a levantar el capot, hice como que  tocaba algo. El hombre se volvió a sentar. Sentí entonces algo parecido a la bronca, un espasmo secreto, ganas de ser yo quien lo matara de una vez por todas. Me imaginé tomándolo por el cuello, me imaginé viéndole la lengua larga, seca, quieta y relajada sobre el mentón. Pero fui un poco más allá, un poco hacia atrás en el tiempo, y lo imaginé allí parado, entre el viento, con su sobretodo y su bolso y su cigarrillo,  con su dedo agitándose en el aire tratando de que yo me detuviera, de que un alma estúpida se detuviera en esa soledad espantosa y lo llevara. Me imaginé viéndolo pasar por la ventanilla, y yo me reía en esa imagen, me reía y le mostraba los dientes y le gritaba: “que te lleve Montoto” y luego yo pensaba “pobre diablo, no sabe que  sólo llevo palomas”.
Cerré el capot, todavía pensando en las palomas y en el error. Ahora en mi voz había bronca, dureza.
—Vamos a probar de nuevo.
El maldito no se movió, otra vez, como si tratara de analizar la situación, como si pensara: “acá nomás lo mato y me evito el esfuerzo”. Pero luego bajó, y ocurrió una especie de milagro: Vi que se encaminaba hacia la parte de atrás de la  Volkswagen, lo vi por el espejo retrovisor de la puerta, y comenzamos a empujar. Entonces me subí, moví el interruptor, le di arranque,  puse el cambio y aceleré.
 Pude ver al tipo en medio de la ruta, que se alejaba, que se empequeñecía en el espejo, que era ahora una figurita inmóvil allá atrás. No quiero pensar que todo era una broma y que dejé al imbécil en medio de una ruta por donde no pasaba ni un alma. También vi (o creo haber visto, todo es tan confuso) una paloma revoloteando sobre el horizonte, buscando un rumbo. Recuerdo que mis piernas  temblaban, o sufrían una especie de convulsión, para el caso es lo mismo. En esos estertores me di cuenta de que el bolso estaba ahí, sobre la alfombra de goma. Lo tomé de las manijas y lo arrojé por la ventanilla. Ni miré dónde cayó. El pobre diablo seguía ahí,  lejos,  casi invisible en el espejo.- 
L.P

jueves, 25 de abril de 2013

Mi hijo y mi perro odian a Hemingway



         Este cuentito se ha terminado, dijo, y así fue. Valentino metió hasta el fondo de la bañera mi libro de cuentos de Hemingway. ¿Habrá sido sólo una reacción infantil? ¿Una travesura? Lo niños son un misterio. ¿Por qué no metió la media docena de sus libritos de patitos y chanchitos de mierda y los hizo puré dentro de la bañera? ¿Por qué tuvo que mojar justamente a Hemingway? Bueno, sospecho que los chicos son unos jodidos que algo saben de todas las cosas y entre todas esas cosas está la literatura. Por lo tanto, puede que la hermosa cabecita de mi hijo haya detestado la prosa "Hemingwayniana" desde la mismísima foto del maestro en la tapa del libro. De alguna manera supuso que no le agradaría jamás ese tipo, y que en algún futuro no tendría ni la más mínima intención de leer ninguno de sus relatos, ni siquiera “Las nieves del Kilimanjaro”, ni siquiera “Campamento Indio”, ni siquiera nada de nada.
           Bien, me dije: a poner el libro al sol y a ver qué se salva.
            Lo que aún no puedo entender, --quizás porque su raza no es mi raza y porque ponerme a pensar como un perro ya sería el colmo--, es por qué mi fiel mascota orinó a Hemingway. El libro al sol, abierto como un abanico, arrugado, descolorido, aún húmedo, agonizando, y el perro le pone el tiro del final, lo remata con su orina sin una gota de lástima. ¿Un complot en mi contra? ¿Mi perro y mi hijo contra Hemingway? ¿Mi perro sabe leer o sólo de divierte? ¿Me perdí de algo?
          No sé. Lo cierto es que el libro sigue ahí, secándose, aireándose, despatarrado como una araña, esperando que yo lo rescate de una vez, que lo ponga a resguardo de atentados, de tantos locos sueltos.


L.P.

jueves, 3 de enero de 2013

Sobre el perro

Llueve y mi perro está afuera. Bajo el porche, bajo el auto en el garaje, bajo los arbustos del patio. ¿Debería dejarlo entrar y que embarre todo el piso de la cocina? ¿Debería? ¿Será su mundo este interior de muebles anti naturaleza o simplemente entraría porque es tan perro fiel que no podría rechazar mi invitación? No entiendo mucho sobre perros, pero creo que algo antes inmodificable se está modificando. Las conductas, ni las del hombre ni las de los perros, son las de otrora.

Lo dicho

La historia que sigue me la contaron hace un rato, en primera persona. Si muchas otras personas me contaran diariamente cosas así, escribir ficción sería un tanto más sencillo. O mejor todavía: no se podría escribir ficción. 

"Esa tarde mi madre estaba un poco peor de salud. Acostada en la cama, me pidió si por favor le preparaba un té. Fui a la cocina, puse agua a calentar. Cuando volví a la habitación, la veo que inclina la cabeza hacia un lado entrecerrando los ojos. No sé por qué le grité: ¿¡Vos no te estarás muriendo, no!? Mi madre abrió los ojos, sonrió: ¡Pero no, che! Fui a la cocina, preparé el té. Cuando volví a servírselo, mi madre estaba muerta".

Proyecto novela

Despertó sobresaltado cuando creyó que alguien intentaba destaparlo. Se quitó de encima el sueño y levantó la cabeza. Miró hacia sus pies, sus piernas terminadas en pies. No había nadie, la habitación estaba vacía y observó que su mano, su puño, estaba cerrado a la altura de la cintura sosteniendo la sábana. Sintió cierto temor en ese principio, en cuanto se dio cuenta de que estaba tan solo en la habitación como lo había estado siempre. Se quedó despierto mirando el cielo raso, queriendo encontrar en él una explicación, anhelando oír en la oscuridad, queriendo tocar lo que sea, queriendo abrir el puño para soltar la sábana. Nada se movía, todo se escuchaba, todo era silencio en el tictac del reloj sobre la mesa de luz, en la araña tejiendo su tela sobre la lámpara que colgaba del techo. Oía el correr de su sangre, presentía la mirada de un mosquito. Volvió a recostarse boca abajo y descorrió su cuerpo hacia el borde del colchón; Se estiró para ver debajo de la cama: sólo pelusas y un rollo de hilo, una pelota de tenis y un guante de lana, sólo la noche como afuera, la noche que le llegaba convertida todavía en espanto. Un segundo más tarde escucho el vuelo de un murciélago en la habitación de al lado, los ronquidos de la abuela vieja, el temblor de la puerta que separaba los cuartos. ¡Qué placentero volver a conciliar el sueño! Sintió que sus párpados se cerraban, que comenzaba a soñar todavía despierto. La sangre se le detuvo, el murciélago también se detuvo, las sábanas otra vez bajo su mentón y los puños cerrados, la abuela vieja callada, como muerta; otra vez el sueño, las ansias del sueño, que mañana hay que volver a la escuela, que dentro de un rato hay que volver a la escuela... Tuvo tiempo de ver el brillo del reloj: las cuatro, las cuatro y cinco, las cuatro y diez… mejor dejar de mirar, mejor dormir, mejor entregarse al sueño antes que le vuelvan a correr las sábanas hacia abajo, mejor dormirse y rezar para no despertar cuando esto sucediera. Con esa impresión se durmió, con la idea de que un fantasma se escondía en alguna parte.

L.P.

Lo cotidiano

Hay personas que, sin saberlo, tienen tendencias suicidas. Suicidas que no se animan a suicidarse y quieren que los suicido yo. Porque mirá que pararse a mi lado y hablar y hablar como si alguien (yo ni loco) los obligara a hacerlo. Estoy trabajando, me ven que estoy trabajando. Así todo hablan y me cuentan cosas que a mí no me importan en absoluto. Ni una mierda me importa lo que tengan para decir. Me ven con el martillo en la mano, me están viendo que estoy con el martillo en la mano, no es que yo lo oculto. Estoy trabajando. Una de mis herramientas favoritas es el martillo. Mi tío siempre dice: "si nadie hubiera inventado el martillo antes, seguro lo inventaba yo". Si, un martillo precioso en la mano y así todo me hablan... suicidas estúpidos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La Función





La mosca fue veloz. Un salto y vuelo espiralado hacia lo alto del cielo raso. Desde allí observó al perro que la había perseguido con la vista soñolienta. El perro no había sido lo suficientemente ágil. Percibió el andar de la mosca sobre su ojo izquierdo. La advirtió, aún dormido, y aún dormido la dentellada infructuosa se hizo eco en la atmósfera de la habitación. La función duró menos de un segundo, casi nada, casi nada de nada, pero el hombre había visto todo: la mosca, el perro, la mordida en el aire, la paz del insecto en el cielo raso, la nunca turbada armonía del perro que volvió a dormirse sin haber despertado nunca. El hombre se vio inútil en la incidencia; se vio allí, sentado, observando la escena repetirse en sus recuerdos efímera e infinitamente. Vio a los protagonistas que no lo vieron a él ni lo oyeron aplaudir, vio la desfachatez de lo acaecido que nada tuvo que ver con el único ser racional que habitaba el cuarto, con el hombre que se creía dueño del tiempo y el espacio y de todos los secretos. Comprendió que los hombres son invisibles, privados de tantas maravillas secretas, inútiles y pedantes ante Dios y lo escuetamente natural, insensibles o ciegos o lo mismo, y dedujo que aunque fuese rey y dueño absoluto del recinto, la escena no le pertenecería nunca. Sencillamente, él estaba de más en ese casi casi imperceptible universo. Y lloró. L.P.

viernes, 27 de julio de 2012

¿Quién dijo que hay que leer?

Por lo que sé o me hacen ver, hay insistentes campañas que incitan a la lectura, que aconsejan leer, que dicen que hay que leer porque leer alarga la vida, la esperanza, cumple los sueños, ejercita la imaginación, te libera no sé de qué, te lleva a no sé donde, etcéteras y etcétera y demás etcéteras. No sé por qué no dejan a la gente en paz, que cada uno haga lo que se le ocurra. Leer no es tan bueno. Te hace un insociable, te ven como un ermitaño, un “bicho raro”, que si lees sentado te pueden salir hemorroides y si lees de pié te pueden salir várices, que si lees acostado te puede dar sueño. No sé por que no dejan a la gente en paz, reitero, y que cada uno elija que hacer con su tiempo. Algunos, los pocos, los menos, gracias a Dios, leemos, y el 80% de la literatura de ficción que leeremos en nuestras vidas será basura. Un 10% será más o menos aceptable, y el 10% restante que seguro nos pareció genial, entrará holgadamente dentro del cajón de nuestra mesa de luz. ¿Por un 10% de genialidad tanto alboroto? Sí, yo leo. Es más: escribo para que alguien lea. Pero con el puñado que lee me conformo. No porque yo escriba voy a hacer campañas para que otros lean. El que quiera leer que lea, el que no que mire la televisión o salga a pasear el perro o mire por la ventana a ver quién pasa. Creo que hay cosas por hacer mucho más interesantes y divertidas que leer. No sabría cuáles, pero seguro que el que no lee las conoce. En cierta medida envidio al tipo que no le interesa leer. Quién sabe de las cosas que uno se pierde por estar leyendo, quien sabe si mi vida no hubiera sido diferente, si no pasó un tren que no vi. Prefiero no enterarme. Así que el que no quiere leer que no lea, no es para nada grave el no hacerlo. Es más, publicitaría eso: “¿No tiene otra cosa que hacer? ¿Está seguro? Entonces sí: lea”. L.P.

domingo, 15 de julio de 2012

Compré mi atado de Chesterfield con esta novedad. Bueno…novedad, lo que se dice novedad, digamos que no, considerando que muchas marcas de cigarrillos tienen estas fotografías. Pero nunca había visto imágenes en los atados de la marca que fumo, sí las famosas palabras “el fumar es perjudicial para la salud” y algún otro párrafo desalentador. Seguro que la imagen no me quitará las ganas de fumar (lamentable y tristemente) pero confieso que quité los 20 cigarrillos del paquete y los puse en el otro que acababa de vaciar, y luego tiré el paquete con la imagen al tacho de la basura. Entiendo que por estos tiempos existen fuertes campañas gubernamentales contra el cigarrillo, entiendo que a la medicina pública le cuesta mucho dinero cuidar a pelotudos fumadores como yo. Estamos de acuerdo y hasta la foto de la rata o la del pulmón con cáncer que había visto en otros paquetes eran para mí aceptable. Pero esta imagen es la de una persona, el rostro de una persona que no sé que otros pecados habrá cometido aparte de fumar, y ahora debe posar para una foto (denigrándose, enfermo, mal herido) que se repetirá por miles en los paquetes de su propia enfermedad. Diciéndolo en criollo: creo que se fueron al carajo. O como dice la bonita expresión española: se les fue la olla. L.P.

jueves, 3 de mayo de 2012

Hace unos días veía un programa donde un grupo de esquimales intentaba salvar a dos ballenas adultas y a un ballenato que habían quedado atrapadas en el hielo. Las ballenas salían, de a una por vez, a respirar por un pequeño hoyo. El mar estaba allá lejos, demasiado para que las ballenas pudieran alcanzarlo sin ahogarse. El grupo de esquimales trabajó durante semanas para salvarlas. Primero intentaron con una enorme máquina flotante que entraba por el mar con unas potentes ruedas de hierro que romperían la capa de hielo. Se atascó y no funcionó. Luego trajeron moto sierras y comenzaron a hacer hoyos enormes separados por algunos metros. La idea era que las ballenas pudieran llegar al mar siguiendo y respirando por esos agujeros. Imposible. Supieron luego que un rompe-hielo ruso andaba por la zona, y le pidieron que entrara cortando la trampa y así salvaron a las dos ballenas adultas. El ballenato se había ahogado. La operación de rescate de estas dos ballenas tuvo un costo de alrededor de un millón de dólares. Fin del programa. Empieza otro que trata sobre un grupo de ecologistas que van en un pequeño barco siguiendo a un buque ballenero japonés. A pesar de los esfuerzos, el buque ballenero mata 4 ballenas en cuestión de un par de horas, enormes, azules, igualmente hermosas. Las arponearon y las arrastraron por una enorme planchada hacia el interior del buque; las descuartizaron y tiraron los restos al mar, que pasaron flotando como enormes algodones sanguinolentos por los costados del barco que intentó salvarlas. En cuestión de dos horas lo uno y lo otro: ¿Será que yo estoy loco e imaginé ambos programas? ¿Puede ser cierto que un mismo canal pueda emitir dos programas seguidos de contenidos tan contradictorios? ¿Será que todas las personas que trabajaron en el rescate de las ballenas son unos idiotas que gastaron semejante cantidad de dinero para poder entregarle la carga a los japoneses? ¿Cómo imaginar que 50 esquimales trabajan un mes para liberar a dos ballenas y 3 minutos más tarde 15 japoneses matan cuatro sin ningún remordimiento? ¿Será que los japoneses no vieron el programa? ¿O será que estamos todos locos, acabados en tiempo y forma, muertos y matando, buenos y malos, enfermos mentales, arruinados ética y moralmente, trastornados, contradictorios y con antojo de aceite de ballena y de esfuerzo esquimal? L.P.

martes, 20 de diciembre de 2011

Arroyo sin nombre


Sobre la ruta 14, entre Gualeguaychú y Concepción del Uruguay, entre los yuyos, solitario, arrumbado, hay un cartelito que dice “Arroyo sin nombre”. Unos metros más adelante, efectivamente, pasan las aguas de un arroyo. Yo lo vi de ida, y a la vuelta, quince días después, lo busqué y lo volví a leer porque dudaba si realmente lo había visto o lo había soñado.
No me sorprendió el hecho de que allí hubiera un arroyo, hay cientos de ellos que cruzan la ruta por tubos de alcantarillado. Lo que me causó cierta sorpresa (luego angustia) fue que el arroyo no tuviera un nombre. Puede que así se llamara, como el perro de mi vecino, que se llama Preguntale, y el chiste tonto consiste en que si alguien le pregunta como se llama el perro, mi vecino dice Preguntale. Puede que al arroyo le jugaran esa misma broma idiota, o puede que no. Imagino a una comisión del gobierno reunido en gabinete discutiendo qué nombre ponerle al arroyo. Digo yo, ni idea quién es el encargado de ponerle nombres a algunas cosas. Lo cierto es que al parecer nadie se puso de acuerdo, o repito, puede que así lo hayan nombrado. Ahora bien: es triste de cualquier manera. Si ese es el nombre que le pusieron, el pobre arroyo es un infeliz correr de agua hacia ninguna playa, hacia ninguna historia. Un triste pasar por praderas y rutas sin que nadie pueda nombrarlo dignamente. Nada ni nadie sabrá jamás su nombre, porque no lo tiene, o porque la ambigüedad de su verdadero nombre “sin nombre” lo hace tan innombrable como a algunos hombres, valga lo espantoso de la oración. Si el trastornado que hizo el cartel perdió el pepelito donde figuraban los nombres de los arroyos y creyó que nadie se fijaría si le ponía “Sin nombre” en lugar de “Arroyo limpio” o “Arroyo Los geranios”, o “Arroyo San Martín, o “Arroyo derecho o torcido o arroyo de mierda”… no sé, yo no perdonaría a ese tipo, no le perdonaría tanta inhumanidad. Si la idea fue del gobierno de esa ciudad, si fue una broma, si realmente fue a criterio del encargado de hacer los carteles, si fue un mal entendido, tampoco lo sé. Pero: ¡Cómo pueden dejar a un arroyo sin nombre! ¡Por Dios! Y todavía lo dicen, así, con pintura blanca sobre un fondo verde brillante, como castigándolo a la inexistencia, como exiliándolo de algo, o de todo. Antes que eso mejor quitar el cartel, mejor no ponerle nada. Se rompió, se perdió, se prendió fuego. Cualquier cosa menos castigar al arroyo de esa manera. Puede haber pasado cualquier cosa, pero lo cierto es que eso dice el cartel, si es que aún está. Seguro que está. No creo que nadie se haya apiadado del arroyo, a quién carajo le va a importar un arroyo, ¿no?

L.P.

martes, 6 de diciembre de 2011

La inventada


La inventada


¿Cómo puedo escribir un relato ambientado en el Moulin Rouge de París en 1884 cuando en realidad el edificio fue construido en 1889? “Soy escritor”, pensó, “me importa una mierda el año”. Así inventó el año y construyó la historia: un lugar, un molino, unas mesas, un escenario… Del mismo modo inventó una mujer (no la sacó de ninguna costilla), y habiendo una mujer le fue fácil escribir un amor. Pero la mujer estaba en el lugar, debajo del molino, sobre las mesas y el escenario, semidesnuda, y el amor dolía en el pecho y los dientes. Entonces escribió (inventó) una desgracia, un dolor, una lágrima, una cosquilla en la panza. Luego se supo negado, obviado, estúpido, y escribió un arma. Se inventó un status para entrar al lugar, un camino para llegar hasta el escenario, un bolsillo para esconder el arma, una sonrisa para ser sarcástico y un dedo para apretar el gatillo.

L. P.

sábado, 6 de agosto de 2011

No molestar: hombre hibernando

Esto es lo que comúnmente por estas tierras llamamos “estar al pedo”. Ni idea de dónde vendrá esa expresión, ni importa. Pensándolo bien, ni siquiera estoy al pedo, más bien estoy en un estado de hibernación, un estado de oso en la cueva. Pero bueno, en cualquier momento arranco, me digo diariamente, como esperando un empujón, como esperando la carroza o un milagro.
Así que les cuento: hago lo menos posible, sólo algunos trabajos que me dejen el dinero suficiente para comer y pagar impuestos.
Ya pasa, ya pasará.
Por lo pronto nada de escribir, nada de esos trabajos nocturnos que para lo único que sirven es para expropiar horas de sueño. Si no hago nada pensando en mi fututo económico-financiero, menos voy a perder el tiempo escribiendo cuatro pavadas que nadie leerá; salvo ustedes, claro, queridos amigos. Lo peor de todo es que creo que estoy feliz así. Bueno, feliz no debe ser la palabra que mejor se ajuste a este estado de ánimo, pero estoy tranquilo. Esto me preocupa (aunque no se note), porque lo que pareciera ser una etapa de confusión podría convertirse en un estado definitivo. Tampoco me imagino definitivamente en este estado.
Este letargo podría deberse a la proximidad con esos cuarentas, esos que golpean la puerta como tres años más allá mientras yo los espío por la mirilla. Si, esa impresión me da. Uno escucha al que vende chucherías que golpea la puerta del departamento de al lado, y sabe que le va a golpear la propia tarde o temprano, y por más que uno se esconda, por más que no lo atienda, a la puerta la golpean igual.
También puede ser esta ciudad. Mi ciudad es grande y gris. Conserva el espíritu pueblerino de otrora, una capucha que la esconde y la hace tímida. Por ejemplo: imagínense una ciudad-pueblo de cuarenta mil habitantes sin un cine. Con una laguna de treinta kilómetros cuadrados, pero sin un cine. Un laguna con muelles que la adornan, con juncos y gallaretas, pero sin un cine. A mi me gusta el cine, no tanto como el dulce de leche, pero me gusta. ¿Qué hacemos en esta ciudad sin cine? ¿Dónde nos metemos cuando llueve? ¿Para qué nos sirve la laguna cuando llueve? Miro por la ventana de la cotidianidad y en mi pueblo pasa lo que le pasa a mi ánimo: nada de nada.
O puede que sea el invierno, porque para colmo hace un frío al que no me acostumbro, y eso me mantiene el cuello recogido como las tortugas, las manos el los bolsillos, calzoncillos largos…
No es tan malo “estar al pedo”. Pero algo voy a tener que hacer. Por el momento escribo esto, que no es poca cosa después de algunos meses, y confieso que el pulso se me había enfriado (un poco más que de costumbre) y se nota en estas líneas. Un amigo me dijo que debería “disfrutar” mientras escribo, que a él le parecía que no lo hacía y se notaba. Acá te lo digo, a vos, si es que me lees: tenés razón, y creo que voy en camino de cambiar algunas cosas.
PD: para colmo de males escucho a este tipo. El polaco Goyeneche. ¡Cómo te extrañamos, che!

L.P.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cumplir los diez

Ayer alguien (y muchos) cumplieron diez años. Me refiero a "alguien" porque a raíz de eso recordé que cuando yo cumplí esa edad mi madre me dijo: "a partir de hoy empezás a cumplir de a dos números". Jamás olvidé ni olvidaré -todos los recuerdos son inolvidables- esas palabras, porque en su momento más que una novedad me provocaron una especie de nostalgia y preocupación. Acordemos que mi cabeza nunca funcionó "normalmente", y que las frases simples suelen convertirse, al cabo se tanto masticarlas, por alguna extraña fusión química o mental, en absurdas paradojas. Y tanto es así que aún hoy, veintisiete años después, sigo pensando si fue bueno o malo enterarme de que a partir de ese momento no volvería nunca más a cumplir de a un solo número, y si el hecho de comenzar a cumplir de a dos cifras no era, de alguna manera no tan simple ni natural, darme cuenta de que empezaba a envejecer.

L.P.

jueves, 5 de mayo de 2011

Un segundo en un siglo



El hombre dejó que la roca lo sostenga y que las pieles lo cubran. Observó la verticalidad de los objetos como la piedra-mesa o la piedra-televisor, quizás sospechando cierta ambigua estupidez natural. Luego sus ojos de acostumbraron a la posición y a la rigidez, a la abertura enorme de la caverna que dejaba entrar el olor del bosque; se fue acostumbrando a la ventana sin cortinas ni sol, al somier al que ya le sobraba un lado y dos patas, al animal que había matado en vano y al tapado de piel que colgaba del perchero, inútiles ambos objetos como así fundadas sus ganas de llorar.

La mujer no pensó en el garrote de otrora, ni en las promesas de entonces. Dejó que el hombre se durmiera y entró en la caverna, buscó lo que en aquellos años no tenía y colocó cuatro prendas y un par de zapatillas en un bolso de lona. Por algún extraño motivo sintió temor de caminar por la montaña y el bosque a esa hora del atardecer donde los animales (o los hombres) son peligrosos, pero de todas formas cerró la puerta y se alejó por la avenida repleta de automóviles y cirujas.

Algo se movió entonces, apenas, como un segundo. Cuando la mujer se perdió tras las rocas-edificios y cerró la puerta, él sintió ese movimiento en los ojos: un torrente de lluvia, una descomposición carnal. Se levantó deprisa, tomó el garrote sólo para volver a resignarlo contra la pared de la caverna, se rascó los cabellos enmarañados, amasó la barba hacia abajo, dejó tiesos los ojos y se dio cuenta de lo sucedido. En esa furia se arrancó las pieles que llevaba encima y se arrojó al suelo boca abajo, tragó el polvo y pateó el suelo. Luego giró, miró la roca del techo, el cielorraso de yeso, la lámpara, un cuadro en la pared, la puerta que acababa de cerrarse. Se arrojó sobre la cama, tembloroso, y se dejó rodar hasta caer sobre la alfombra; respiró pelusas. Algo se movió entonces en los ojos, apenas, como un segundo, como un siglo, como miles de siglos… y el hombre inventó el tiempo, el dolor, la tristeza, la bronca, el abandono y la lágrima. Sobre todo eso: la lágrima. O el desamor.

L.P

El favor




En un abrir y cerrar de ojos esa verdad estaba ahí, frente a mí, como en un espejo. Y fue precisamente eso: entrar en el baño de aquel bar y ver la verdad sobre un cristal mugriento.
Muchas veces había imaginado encontrar una verdad en alguna polvorienta parada de colectivo, en cualquier sueño o en cualquiera de las cuatro esquinas del cruce de las calles Soler y Belgrano. Ni remotamente imaginé encontrarla ahí, en ese bar de mala muerte donde un puñado de escritores fracasados se juntaba cada tarde a defender textos indefendibles. Uno de esos escritores era yo.
Recuerdo que entré al baño con la hoja en la mano, quizás pensando en releer el cuento que había escrito y que en unos minutos debería exponer lo más intelectualmente posible.
Diré lo siguiente: existe algo infundado entre las cuatro paredes de un baño, algo de morbosa soledad que me permite ser tan íntimo como un secreto. Es como que busco cosas en esa intimidad, cositas que no podría buscar donde otros me vieran o donde no estuviera demasiado solo. Así y todo nunca había recibido, hasta entonces y de ningún modo, cualquier tipo de revelación: ni los secretos de la felicidad, o la desdicha, ni la simple visión de un ejercicio bien hecho. Jamás vi ni hallé el Aleph, ni un posible número ganador de lotería ni un cartel significativo como el que vio el Negro Fontanarrosa y que le mostró, del modo más austero, el secreto de cómo atrapar a un lector. Tampoco descubrí ninguna frase bien escrita, ninguna imagen perfecta, ni un corpiño, ni una mujer sin corpiños. Absolutamente nada grandioso había visto en ningún baño de ningún bar. Pero no me dejaba vencer por entonces, y buscaba.
Este baño era más de lo mismo: un espacio con formas de azulejos en las paredes; un cielo raso de yeso varias veces pintado; una mesadita con una sola pileta; verticales mármoles separando los megitorios y enfrente dos puertitas de madera por donde se accedía a los inodoros. Recuerdo que cierto pudor me obligaba a orinar en los inodoros en vez de hacerlo en los mingitorios, y nombrar la palabra recuerdo es simplemente retraerme a aquella tarde cuando descubrí la verdad. Por eso: recuerdo que dejé la hoja con el cuento sobre la mesadita, la olvidé por un segundo, apoyé las manos en el mármol y acerqué la cara al espejo, torcí la boca, me vi una legaña o una pestaña caída sobre el mentón. Luego me metí a orinar y cerré la puerta. Busqué no sé qué cosas escritas, no sé qué frase o metáfora. Algo busqué en los azulejos azules o celestes, en el depósito de agua ahí arriba, con esa cadenita oxidada con el plastiquito en la punta. Busqué en cada rincón no sé qué cosa. Luego lo supe —siempre lo supe, pero a veces me costaba reconocerlo—: la verdad; como si la verdad fuera algo escondido detrás de un inodoro, o detrás del lápiz estúpido de un adolescente que amaba (o ama) a una atorranta de barrio o a una modelo. Y es que me ganaba la bronca porque no encontraba, y comenzaba a pensar con enojo, como que el pibe era un tarado y que la pendeja era una tilinga. Esas cosas. Luego oí la puerta de entrada golpear contra la pared. Para entonces yo ya me había subido el cierre, casi giraba y salía. Pero ya tenía la bronca, y no quería encontrarme con el tipo en ese baño, con ningún tipo. Así que aguanté un rato más, sólo un rato más. Es como que la suerte… sí, esa especie de suerte estuvo ahí, en ese exacto segundo. Es como que al fin la verdad, o la revelación de todo, estuvo y me retuvo y me obligó a oír sobre la puerta, y sentir que el hombre se lavaba las manos, que el hombre empujaba la otra puerta buscando el otro inodoro, que el hombre volvía a salir, y volvía a entrar, y volcaba la tapa del inodoro y el jean que se bajaba, y el quejido gozoso de ese principio. Salí en ese momento, me vi salir en el espejo y ya no pude quitarme la vista de encima. Todo lo hice sin sacarme los ojos de mis ojos: empujé la puerta, caminé dos pasos, abrí la canilla, restregué las manos bajo el agua, las escurrí y me las pasé por el pelo. Cuando oí que el hombre tiraba de la cadena, fue como volver a vivir, y me enojé aún más porque esa estupidez de haberme quedado en esa forma de duermevela me obligaba ahora a cruzarme con el tipo. Me dijo un buenas tardes melancólico, casi un suspiro o una obligación, y salió. Evité verlo. Recuerdo que busqué el cuento que había dejado sobre la mesada, y la hoja ya no estaba. Comprendí: el hombre había entrado y había salido, y había vuelto a entrar. Comprendí: la verdad de mi vida, al menos de mi utópica vida de escritor, estaba ahí sobre el espejo, viéndome como a un perro lastimado, con esos ojos de compasión ajena, de lástima, de pobre animalito de Dios, pobre criaturita buscadora de verdades, pobre perro de felpudo. Afuera estarían ellos esperándome, esperando que el perro de mi verdad saliera a defender lo indefendible, sin sospechar siquiera que lo indefendible era ahora un pedazo de papel en un correr de cloacas. De alguna extraña manera me sentí feliz. Al menos esa verdad me fue revelada sin penas ni glorias, y mientras el perro feliz del espejo me mostraba los dientes, yo lamenté no haberle dado las gracias al tipo, aunque sea haberle visto la cara, aunque sea haberle respondido el saludo… algo.

L.P.