lunes, 13 de mayo de 2013

Stefanie





Una fragua se parece a un diminuto volcán . El carbón de piedra sobre la rejilla de la fragua se quema rápidamente animado por el ventilador, y sus cenizas encendidas se elevan por el centro del aparato y caen al suelo, apagadas. La temperatura del hierro debe ser justa. “Ni muy rojo, ni muy blanco. Si está rojo no está blando, si está blanco se quema”. Pienso en las enseñanzas que me procuró mi tío hace unos años; siempre lo hago mientras trabajo con la fragua. Pensar tiene sus pros y sus contras. Una de esas contras le ocurrió a Mónica dos segundos antes de que ella ocupara su lugar equivocado en el mundo: el lugar de Stefanie. Es comprensible el error cuando, con un martillo en la mano, se piensa en otra cosa que no es lo que se está haciendo, por ejemplo en una mujer. Se piensa en ella  justo cuando cae el martillo, antes o durante la bronca o el llanto, del recuerdo, de que Stefanie me llamara o no me llamara, considerando que ella ya no tiene esa voz real, esa voz de otrora.
Quizás yo no comprendía aún la importancia de Stefanie en mi vida. La vi por primera vez en la fiesta de cumpleaños de mi ahijado. No sé de donde salió, no quise averiguarlo. Estaba sola, y eso me bastaba.  Pasó varias veces frente a mí sin sospechar que yo acababa de perderme, o de volverme loco. Con algo de terror pensé en la canción de Zitarrosa: “Stefanie, no hay dolor mas atroz que ser feliz”. En ese segundo (la tarde entera sucedió en un segundo) fui atrozmente feliz. Una vez que ella se fue del lugar, que ella pasó a ser parte de la ausencia, permanecí en silencio y  supe que todo lo posterior a esa felicidad era justamente esto que siento ahora: desamparo. La seguí por la avenida Libres del Sur, luego por Mitre hasta la laguna. La vi observar el agua mansa, caminar la orilla, y la vi alejarse, y  la dejé.
“Ni muy rojo, ni muy blanco…” Claro, afinar las puntas de los hierros es una cuestión de temperatura. El hierro es cuadrado, como de doce milímetros de espesor. Tiene sus cuatro caras rojo-blanco. Lo retiro de la fragua y lo pongo sobre el yunque. Golpeo una cara a la vez, tomándolo del otro extremo con la mano izquierda. El martillo cae y el hierro no opone resistencia, se deforma, se aplasta, se rinde ante mí como aceptando la derrota. Con Stefanie sucedió algo parecido: la perseguí incansablemente, la rondé como rondan las abejas a una margarita o a un limonero. Una tarde la tomé de la mano, así, de la nada, sin motivos ni excusas. Ella rechazó la aspereza de mi piel, me miró asustada. “Disculpá”, dije, y luego le referí la canción de Zitarrosa: “Stéfanie, sé que tu corazón  fala yi mi, y eso es dolor, Stéfanie…”.  “Ese no es mi nombre” dijo, y agregó: “Creo que estás equivocado”. No me comprendió en ese momento, y se alejó.
 Luego la casualidad quiso que la encontrara en el Banco de la Provincia. Estaba justo delante de mí. Y le dije no sé que tontería, y se rió, y esa risa se prolongó con otras tonterías similares.  Yo no quería que la fila de personas en la que estábamos avanzara. Por primera vez en mi vida aspiraba a quedarme dentro de ese lugar, a no salir jamás. Deseaba que el tiempo fuera una bola de pelos, una maraña de horas perdidas. Stefanie parecía aceptar esa inmovilidad del tiempo, hasta parecía agradarle. Recuerdo que esperó a que yo terminara mis trámites y salimos juntos del banco. Afuera, la tarde no era más que una lluvia precisa, un bar de esquina, un café a deshora. Se rió mucho, y eso me pareció una buena señal. Aunque yo me retorcía pensando en la canción de Zitarrosa, pensando en esa Mónica-Stefanie de la canción que  ya suponía aterradoramente mía.
El martillo sigue cayendo, pero sobre otro hierro. Hay varios hierros sobre la fragua. Cada vez que termino de martillar uno pongo otro; así la cadena es interminable, infinita. Mientras pienso en Stefanie no puedo pensar en otra cosa, como en la cantidad de hierros que tengo que amoldar. Para el caso sería lo mismo diez, veinte o doscientos hierros. Ni siquiera escucho al paisano que llega con el tractor, ni a mi tío preguntándole qué necesita. Ni siquiera me fijo en el perro al que casi quemo cuando  arrojo el hierro afilado hacia atrás. Ella es la dueña absoluta de toda mi atención. Ella o Mónica. Stefanie o Mónica caen una y otra vez sobre el metal y es ella y no el hierro la que se va enfriando sobre el piso de tierra.
Tenía el cabello desprolijo aquella tarde en el café, y un mechón se le metía dentro de la taza cuando la empinaba hacia sus labios. No era desprolijo, sino revuelto naturalmente. Los ojos tristes (no podría ahora detallar cómo eran sus ojos de tristes) recorrían el lugar y luego se fijaban en mis ojos y nos quedábamos unos instantes mirándonos. Y se reía con una boca con labios finos y largos, con una risa de viento sobre la chimenea o de volcán minúsculo parecido a una fragua. Decía que conocía a mi hermana menor, que había cursado parte de la secundaria con ella. Me dijo que había ido un par de veces a mi casa a buscar unos apuntes y demás. “No te creo”, le dije en algún momento, lo que pareció molestarla. En verdad no le creía que conociera a mi hermana;  pero luego, en la soledad maravillosa de mi cuarto, comprendí que quizás no fuera que no la conociera, sino que yo prefería que no conociera a nadie. Stefanie era una especie de invento de amor, una manera de esfingie sagrada sobre mi mesa de luz, sobre mí o sobre mi repisa. Esa noche no dormí bien. Ella a mi lado daba vueltas y yo despertaba a cada instante y la buscaba en vano porque su lugar aún no era su lugar. Yo ni siquiera sospechaba que jamás lo sería.
“Stéfanie, yo ayer estaba solo y hoy también…”. Casi termino el trabajo. Me detengo para levantar la vista y ver las calandrias que comen del cebo que mi tío les ha puesto sobre una horqueta del aromo. “Está el mate”, me gritan desde el fondo, y me paso la manga de la camisa por la frente. Desenchufo el ventilador de la fragua y entro al taller. Hay una ronda de tres o cuatro personas que hablan del campo, de la lluvia que no deja cosechar el cereal. No me importa. Ningún tema me importa. Y fumo mientras veo el suelo y yo sí cosecho una especie de soledad falsificada, de desierto interior. Suelto el martillo que distraídamente aún tenía en la mano y acepto un mate, el único. Si hubiese tomado algún otro mate seguro que el destino hubiese sido diferente. Esas cosas del tiempo, de los caprichos de no sé que Dios o Demonio.
Una de esas tardes en que solía visitarme, le pedí que “formalicemos, Stefanie, vivamos juntos”. Le molestó que la llamara de esa manera, le molestaba siempre ese nombre. “Bueno Mónica, disculpá, ¿formalizamos?”. Pegó un portazo y salió llorando como una niña, las manos sobre la cara y los mocos por la pera. Me sorprendió esa reacción. Supuse que luego se le pasaría, y así fue. Por la noche me llamó por teléfono y me dijo que ya no la llamara de esa forma, veinte veces repitió que su nombre era Mónica, que al principio le parecía gracioso, pero ya no. Seguía enojada. En verdad no la comprendí. Por eso la vida es cruel, pensé en ese momento. Luego de colgar el teléfono me tendí sobre la cama y el ventilador me negó la luz continua, la que necesitaba para pensar. Su sombra giraba y dentro de su sombra la luz estaba quieta. ¡Qué locas son las mujeres! No la volví a ver por unos días. Mi madre preguntaba por ella y me decía: “Algo le habrás hecho a esa pobre chica”. Para mi madre todas son “pobres chicas”. Nunca me creyó que yo no le había hecho nada, que sólo se ofendía porque la llamaba Stefanie.
Hay un ideal que uno persigue. El ideal de este martillo, por ejemplo, es acertar el golpe, y el ideal del golpe es deformar el hierro. Lo supe ayer, cuando ella me dejó definitivamente. Mónica se fue dando otro portazo, y el que lloró entonces fui yo, porque esa despedida me pareció definitiva. Creo que en ese momento comencé a dilucidar ciertas cosas.
Ahora el sol me da de lleno sobre el rostro. El mediodía es la peor hora para trabajar con la fragua. Sea invierno o verano como ahora, sea la época que sea. Se te pega la ropa en el cuerpo, te tira la manga de la camisa que no podés arremangar porque te quemás los brazos. Hay una especie de odio entonces, una puteada que te brota de los dientes. Puteo sin pensar, y el martillo cae con fuerza sobre la punta del hierro rojo-blanco, una y otra vez. Insultar es una bendición. Parece que el hierro cede ante los insultos, que de alguna manera su materia se atemoriza y se deforma. Yo ayer estaba solo, y hoy también. Solo golpeando el hierro, solo cuando llegue a mi casa, solo cuando me acueste….
Anoche no dormí bien, como la noche luego de conocerla. La cama era una molestia en mi espalda, las sábanas tenían esa humedad del llanto, el televisor esa idiotez infundada. Intenté leer un libro, un cuento de Abelardo Castillo. Luego me levanté y bebí té de boldo, de esos que toma mi madre para los nervios. Fumé dos cigarrillos mientras lo bebía, y pensé que su portazo definitivo era sencillamente eso: dos cigarrillos de despedida. Sólo que yo fumé el mío y el suyo. Pero era extraño. Stefanie seguía allí, en algún lugar del cuarto. Quizás en las paredes, quizás sobre la tela de araña del rincón, tal vez oculta detrás de alguna mancha de humedad. Con esa certeza me dormí, con la idea de que el fantasma de Stefanie me rondaba y me amaba tanto o más que Mónica, seguramente mucho más que Mónica a esa altura de la noche.
Miro el reloj cuando mi tío me dice hasta luego. Casi termino con el trabajo, dos hierros sobre la fragua, quizás veinte o treinta martillazos sobre los hierros. Sospecho que terminaré de un momento a otro, y parecería que mis golpes son cada vez más lentos y menos precisos. La voz de Mónica me alegra un poco, debo reconocerlo. Pero es la voz de Mónica, ¡de Mónica! “¿Mónica?”. Me doy vuelta y aquí esta ella. “¡Al fin!” me responde. Entonces termino de redondear la idea: es Stefanie la que se ha ido definitivamente, es ella la que me ha dejado tendido en el cuarto aturdido por el portazo. Pero Mónica está detrás de mí y repite “al fin”.
La fragua calienta los hierros y debo terminar con el trabajo, apagar el carbón, encerrar a los perros y cerrar el taller.  Entonces comienzo a putear desaforadamente, ahora seguro de que los insultos me ayudarán a aplastar los hierros. Mónica intenta decir algo, o lo dice, sólo que no la escucho. De reojo tengo tiempo de verle mover los labios, y pienso que ahora sí estoy definitivamente solo, a pesar de que Mónica ha vuelto y de que el martillo vuelve a caer una y otra vez, una y otra vez, y en cada golpe va un insulto, en cada golpe una lágrima, y en ese dolor ineludible va Stefanie dejándome, alejándose de Mónica que no sospecha absolutamente nada, que ni siquiera ve el martillo en mi puño cerrado y ciego, que ni siquiera sospecha el golpe.  La vida es cruel, Stefanie. Y  el calor intenta  evaporar mis lágrimas, el sudor ansía esconderlas.  La vida es cruel…-

L.P. 

jueves, 25 de abril de 2013

Mi hijo y mi perro odian a Hemingway



         Este cuentito se ha terminado, dijo, y así fue. Valentino metió hasta el fondo de la bañera mi libro de cuentos de Hemingway. ¿Habrá sido sólo una reacción infantil? ¿Una travesura? Lo niños son un misterio. ¿Por qué no metió la media docena de sus libritos de patitos y chanchitos de mierda y los hizo puré dentro de la bañera? ¿Por qué tuvo que mojar justamente a Hemingway? Bueno, sospecho que los chicos son unos jodidos que algo saben de todas las cosas y entre todas esas cosas está la literatura. Por lo tanto, puede que la hermosa cabecita de mi hijo haya detestado la prosa "Hemingwayniana" desde la mismísima foto del maestro en la tapa del libro. De alguna manera supuso que no le agradaría jamás ese tipo, y que en algún futuro no tendría ni la más mínima intención de leer ninguno de sus relatos, ni siquiera “Las nieves del Kilimanjaro”, ni siquiera “Campamento Indio”, ni siquiera nada de nada.
           Bien, me dije: a poner el libro al sol y a ver qué se salva.
            Lo que aún no puedo entender, --quizás porque su raza no es mi raza y porque ponerme a pensar como un perro ya sería el colmo--, es por qué mi fiel mascota orinó a Hemingway. El libro al sol, abierto como un abanico, arrugado, descolorido, aún húmedo, agonizando, y el perro le pone el tiro del final, lo remata con su orina sin una gota de lástima. ¿Un complot en mi contra? ¿Mi perro y mi hijo contra Hemingway? ¿Mi perro sabe leer o sólo de divierte? ¿Me perdí de algo?
          No sé. Lo cierto es que el libro sigue ahí, secándose, aireándose, despatarrado como una araña, esperando que yo lo rescate de una vez, que lo ponga a resguardo de atentados, de tantos locos sueltos.


L.P.

jueves, 3 de enero de 2013

Sobre el perro

Llueve y mi perro está afuera. Bajo el porche, bajo el auto en el garaje, bajo los arbustos del patio. ¿Debería dejarlo entrar y que embarre todo el piso de la cocina? ¿Debería? ¿Será su mundo este interior de muebles anti naturaleza o simplemente entraría porque es tan perro fiel que no podría rechazar mi invitación? No entiendo mucho sobre perros, pero creo que algo antes inmodificable se está modificando. Las conductas, ni las del hombre ni las de los perros, son las de otrora.

Lo dicho

La historia que sigue me la contaron hace un rato, en primera persona. Si muchas otras personas me contaran diariamente cosas así, escribir ficción sería un tanto más sencillo. O mejor todavía: no se podría escribir ficción. 

"Esa tarde mi madre estaba un poco peor de salud. Acostada en la cama, me pidió si por favor le preparaba un té. Fui a la cocina, puse agua a calentar. Cuando volví a la habitación, la veo que inclina la cabeza hacia un lado entrecerrando los ojos. No sé por qué le grité: ¿¡Vos no te estarás muriendo, no!? Mi madre abrió los ojos, sonrió: ¡Pero no, che! Fui a la cocina, preparé el té. Cuando volví a servírselo, mi madre estaba muerta".

Proyecto novela

Despertó sobresaltado cuando creyó que alguien intentaba destaparlo. Se quitó de encima el sueño y levantó la cabeza. Miró hacia sus pies, sus piernas terminadas en pies. No había nadie, la habitación estaba vacía y observó que su mano, su puño, estaba cerrado a la altura de la cintura sosteniendo la sábana. Sintió cierto temor en ese principio, en cuanto se dio cuenta de que estaba tan solo en la habitación como lo había estado siempre. Se quedó despierto mirando el cielo raso, queriendo encontrar en él una explicación, anhelando oír en la oscuridad, queriendo tocar lo que sea, queriendo abrir el puño para soltar la sábana. Nada se movía, todo se escuchaba, todo era silencio en el tictac del reloj sobre la mesa de luz, en la araña tejiendo su tela sobre la lámpara que colgaba del techo. Oía el correr de su sangre, presentía la mirada de un mosquito. Volvió a recostarse boca abajo y descorrió su cuerpo hacia el borde del colchón; Se estiró para ver debajo de la cama: sólo pelusas y un rollo de hilo, una pelota de tenis y un guante de lana, sólo la noche como afuera, la noche que le llegaba convertida todavía en espanto. Un segundo más tarde escucho el vuelo de un murciélago en la habitación de al lado, los ronquidos de la abuela vieja, el temblor de la puerta que separaba los cuartos. ¡Qué placentero volver a conciliar el sueño! Sintió que sus párpados se cerraban, que comenzaba a soñar todavía despierto. La sangre se le detuvo, el murciélago también se detuvo, las sábanas otra vez bajo su mentón y los puños cerrados, la abuela vieja callada, como muerta; otra vez el sueño, las ansias del sueño, que mañana hay que volver a la escuela, que dentro de un rato hay que volver a la escuela... Tuvo tiempo de ver el brillo del reloj: las cuatro, las cuatro y cinco, las cuatro y diez… mejor dejar de mirar, mejor dormir, mejor entregarse al sueño antes que le vuelvan a correr las sábanas hacia abajo, mejor dormirse y rezar para no despertar cuando esto sucediera. Con esa impresión se durmió, con la idea de que un fantasma se escondía en alguna parte.

L.P.

Lo cotidiano

Hay personas que, sin saberlo, tienen tendencias suicidas. Suicidas que no se animan a suicidarse y quieren que los suicido yo. Porque mirá que pararse a mi lado y hablar y hablar como si alguien (yo ni loco) los obligara a hacerlo. Estoy trabajando, me ven que estoy trabajando. Así todo hablan y me cuentan cosas que a mí no me importan en absoluto. Ni una mierda me importa lo que tengan para decir. Me ven con el martillo en la mano, me están viendo que estoy con el martillo en la mano, no es que yo lo oculto. Estoy trabajando. Una de mis herramientas favoritas es el martillo. Mi tío siempre dice: "si nadie hubiera inventado el martillo antes, seguro lo inventaba yo". Si, un martillo precioso en la mano y así todo me hablan... suicidas estúpidos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La Función





La mosca fue veloz. Un salto y vuelo espiralado hacia lo alto del cielo raso. Desde allí observó al perro que la había perseguido con la vista soñolienta. El perro no había sido lo suficientemente ágil. Percibió el andar de la mosca sobre su ojo izquierdo. La advirtió, aún dormido, y aún dormido la dentellada infructuosa se hizo eco en la atmósfera de la habitación. La función duró menos de un segundo, casi nada, casi nada de nada, pero el hombre había visto todo: la mosca, el perro, la mordida en el aire, la paz del insecto en el cielo raso, la nunca turbada armonía del perro que volvió a dormirse sin haber despertado nunca. El hombre se vio inútil en la incidencia; se vio allí, sentado, observando la escena repetirse en sus recuerdos efímera e infinitamente. Vio a los protagonistas que no lo vieron a él ni lo oyeron aplaudir, vio la desfachatez de lo acaecido que nada tuvo que ver con el único ser racional que habitaba el cuarto, con el hombre que se creía dueño del tiempo y el espacio y de todos los secretos. Comprendió que los hombres son invisibles, privados de tantas maravillas secretas, inútiles y pedantes ante Dios y lo escuetamente natural, insensibles o ciegos o lo mismo, y dedujo que aunque fuese rey y dueño absoluto del recinto, la escena no le pertenecería nunca. Sencillamente, él estaba de más en ese casi casi imperceptible universo. Y lloró. L.P.

viernes, 27 de julio de 2012

¿Quién dijo que hay que leer?

Por lo que sé o me hacen ver, hay insistentes campañas que incitan a la lectura, que aconsejan leer, que dicen que hay que leer porque leer alarga la vida, la esperanza, cumple los sueños, ejercita la imaginación, te libera no sé de qué, te lleva a no sé donde, etcéteras y etcétera y demás etcéteras. No sé por qué no dejan a la gente en paz, que cada uno haga lo que se le ocurra. Leer no es tan bueno. Te hace un insociable, te ven como un ermitaño, un “bicho raro”, que si lees sentado te pueden salir hemorroides y si lees de pié te pueden salir várices, que si lees acostado te puede dar sueño. No sé por que no dejan a la gente en paz, reitero, y que cada uno elija que hacer con su tiempo. Algunos, los pocos, los menos, gracias a Dios, leemos, y el 80% de la literatura de ficción que leeremos en nuestras vidas será basura. Un 10% será más o menos aceptable, y el 10% restante que seguro nos pareció genial, entrará holgadamente dentro del cajón de nuestra mesa de luz. ¿Por un 10% de genialidad tanto alboroto? Sí, yo leo. Es más: escribo para que alguien lea. Pero con el puñado que lee me conformo. No porque yo escriba voy a hacer campañas para que otros lean. El que quiera leer que lea, el que no que mire la televisión o salga a pasear el perro o mire por la ventana a ver quién pasa. Creo que hay cosas por hacer mucho más interesantes y divertidas que leer. No sabría cuáles, pero seguro que el que no lee las conoce. En cierta medida envidio al tipo que no le interesa leer. Quién sabe de las cosas que uno se pierde por estar leyendo, quien sabe si mi vida no hubiera sido diferente, si no pasó un tren que no vi. Prefiero no enterarme. Así que el que no quiere leer que no lea, no es para nada grave el no hacerlo. Es más, publicitaría eso: “¿No tiene otra cosa que hacer? ¿Está seguro? Entonces sí: lea”. L.P.

domingo, 15 de julio de 2012

Compré mi atado de Chesterfield con esta novedad. Bueno…novedad, lo que se dice novedad, digamos que no, considerando que muchas marcas de cigarrillos tienen estas fotografías. Pero nunca había visto imágenes en los atados de la marca que fumo, sí las famosas palabras “el fumar es perjudicial para la salud” y algún otro párrafo desalentador. Seguro que la imagen no me quitará las ganas de fumar (lamentable y tristemente) pero confieso que quité los 20 cigarrillos del paquete y los puse en el otro que acababa de vaciar, y luego tiré el paquete con la imagen al tacho de la basura. Entiendo que por estos tiempos existen fuertes campañas gubernamentales contra el cigarrillo, entiendo que a la medicina pública le cuesta mucho dinero cuidar a pelotudos fumadores como yo. Estamos de acuerdo y hasta la foto de la rata o la del pulmón con cáncer que había visto en otros paquetes eran para mí aceptable. Pero esta imagen es la de una persona, el rostro de una persona que no sé que otros pecados habrá cometido aparte de fumar, y ahora debe posar para una foto (denigrándose, enfermo, mal herido) que se repetirá por miles en los paquetes de su propia enfermedad. Diciéndolo en criollo: creo que se fueron al carajo. O como dice la bonita expresión española: se les fue la olla. L.P.

jueves, 3 de mayo de 2012

Hace unos días veía un programa donde un grupo de esquimales intentaba salvar a dos ballenas adultas y a un ballenato que habían quedado atrapadas en el hielo. Las ballenas salían, de a una por vez, a respirar por un pequeño hoyo. El mar estaba allá lejos, demasiado para que las ballenas pudieran alcanzarlo sin ahogarse. El grupo de esquimales trabajó durante semanas para salvarlas. Primero intentaron con una enorme máquina flotante que entraba por el mar con unas potentes ruedas de hierro que romperían la capa de hielo. Se atascó y no funcionó. Luego trajeron moto sierras y comenzaron a hacer hoyos enormes separados por algunos metros. La idea era que las ballenas pudieran llegar al mar siguiendo y respirando por esos agujeros. Imposible. Supieron luego que un rompe-hielo ruso andaba por la zona, y le pidieron que entrara cortando la trampa y así salvaron a las dos ballenas adultas. El ballenato se había ahogado. La operación de rescate de estas dos ballenas tuvo un costo de alrededor de un millón de dólares. Fin del programa. Empieza otro que trata sobre un grupo de ecologistas que van en un pequeño barco siguiendo a un buque ballenero japonés. A pesar de los esfuerzos, el buque ballenero mata 4 ballenas en cuestión de un par de horas, enormes, azules, igualmente hermosas. Las arponearon y las arrastraron por una enorme planchada hacia el interior del buque; las descuartizaron y tiraron los restos al mar, que pasaron flotando como enormes algodones sanguinolentos por los costados del barco que intentó salvarlas. En cuestión de dos horas lo uno y lo otro: ¿Será que yo estoy loco e imaginé ambos programas? ¿Puede ser cierto que un mismo canal pueda emitir dos programas seguidos de contenidos tan contradictorios? ¿Será que todas las personas que trabajaron en el rescate de las ballenas son unos idiotas que gastaron semejante cantidad de dinero para poder entregarle la carga a los japoneses? ¿Cómo imaginar que 50 esquimales trabajan un mes para liberar a dos ballenas y 3 minutos más tarde 15 japoneses matan cuatro sin ningún remordimiento? ¿Será que los japoneses no vieron el programa? ¿O será que estamos todos locos, acabados en tiempo y forma, muertos y matando, buenos y malos, enfermos mentales, arruinados ética y moralmente, trastornados, contradictorios y con antojo de aceite de ballena y de esfuerzo esquimal? L.P.

martes, 20 de diciembre de 2011

Arroyo sin nombre


Sobre la ruta 14, entre Gualeguaychú y Concepción del Uruguay, entre los yuyos, solitario, arrumbado, hay un cartelito que dice “Arroyo sin nombre”. Unos metros más adelante, efectivamente, pasan las aguas de un arroyo. Yo lo vi de ida, y a la vuelta, quince días después, lo busqué y lo volví a leer porque dudaba si realmente lo había visto o lo había soñado.
No me sorprendió el hecho de que allí hubiera un arroyo, hay cientos de ellos que cruzan la ruta por tubos de alcantarillado. Lo que me causó cierta sorpresa (luego angustia) fue que el arroyo no tuviera un nombre. Puede que así se llamara, como el perro de mi vecino, que se llama Preguntale, y el chiste tonto consiste en que si alguien le pregunta como se llama el perro, mi vecino dice Preguntale. Puede que al arroyo le jugaran esa misma broma idiota, o puede que no. Imagino a una comisión del gobierno reunido en gabinete discutiendo qué nombre ponerle al arroyo. Digo yo, ni idea quién es el encargado de ponerle nombres a algunas cosas. Lo cierto es que al parecer nadie se puso de acuerdo, o repito, puede que así lo hayan nombrado. Ahora bien: es triste de cualquier manera. Si ese es el nombre que le pusieron, el pobre arroyo es un infeliz correr de agua hacia ninguna playa, hacia ninguna historia. Un triste pasar por praderas y rutas sin que nadie pueda nombrarlo dignamente. Nada ni nadie sabrá jamás su nombre, porque no lo tiene, o porque la ambigüedad de su verdadero nombre “sin nombre” lo hace tan innombrable como a algunos hombres, valga lo espantoso de la oración. Si el trastornado que hizo el cartel perdió el pepelito donde figuraban los nombres de los arroyos y creyó que nadie se fijaría si le ponía “Sin nombre” en lugar de “Arroyo limpio” o “Arroyo Los geranios”, o “Arroyo San Martín, o “Arroyo derecho o torcido o arroyo de mierda”… no sé, yo no perdonaría a ese tipo, no le perdonaría tanta inhumanidad. Si la idea fue del gobierno de esa ciudad, si fue una broma, si realmente fue a criterio del encargado de hacer los carteles, si fue un mal entendido, tampoco lo sé. Pero: ¡Cómo pueden dejar a un arroyo sin nombre! ¡Por Dios! Y todavía lo dicen, así, con pintura blanca sobre un fondo verde brillante, como castigándolo a la inexistencia, como exiliándolo de algo, o de todo. Antes que eso mejor quitar el cartel, mejor no ponerle nada. Se rompió, se perdió, se prendió fuego. Cualquier cosa menos castigar al arroyo de esa manera. Puede haber pasado cualquier cosa, pero lo cierto es que eso dice el cartel, si es que aún está. Seguro que está. No creo que nadie se haya apiadado del arroyo, a quién carajo le va a importar un arroyo, ¿no?

L.P.

martes, 6 de diciembre de 2011

La inventada


La inventada


¿Cómo puedo escribir un relato ambientado en el Moulin Rouge de París en 1884 cuando en realidad el edificio fue construido en 1889? “Soy escritor”, pensó, “me importa una mierda el año”. Así inventó el año y construyó la historia: un lugar, un molino, unas mesas, un escenario… Del mismo modo inventó una mujer (no la sacó de ninguna costilla), y habiendo una mujer le fue fácil escribir un amor. Pero la mujer estaba en el lugar, debajo del molino, sobre las mesas y el escenario, semidesnuda, y el amor dolía en el pecho y los dientes. Entonces escribió (inventó) una desgracia, un dolor, una lágrima, una cosquilla en la panza. Luego se supo negado, obviado, estúpido, y escribió un arma. Se inventó un status para entrar al lugar, un camino para llegar hasta el escenario, un bolsillo para esconder el arma, una sonrisa para ser sarcástico y un dedo para apretar el gatillo.

L. P.

sábado, 6 de agosto de 2011

No molestar: hombre hibernando

Esto es lo que comúnmente por estas tierras llamamos “estar al pedo”. Ni idea de dónde vendrá esa expresión, ni importa. Pensándolo bien, ni siquiera estoy al pedo, más bien estoy en un estado de hibernación, un estado de oso en la cueva. Pero bueno, en cualquier momento arranco, me digo diariamente, como esperando un empujón, como esperando la carroza o un milagro.
Así que les cuento: hago lo menos posible, sólo algunos trabajos que me dejen el dinero suficiente para comer y pagar impuestos.
Ya pasa, ya pasará.
Por lo pronto nada de escribir, nada de esos trabajos nocturnos que para lo único que sirven es para expropiar horas de sueño. Si no hago nada pensando en mi fututo económico-financiero, menos voy a perder el tiempo escribiendo cuatro pavadas que nadie leerá; salvo ustedes, claro, queridos amigos. Lo peor de todo es que creo que estoy feliz así. Bueno, feliz no debe ser la palabra que mejor se ajuste a este estado de ánimo, pero estoy tranquilo. Esto me preocupa (aunque no se note), porque lo que pareciera ser una etapa de confusión podría convertirse en un estado definitivo. Tampoco me imagino definitivamente en este estado.
Este letargo podría deberse a la proximidad con esos cuarentas, esos que golpean la puerta como tres años más allá mientras yo los espío por la mirilla. Si, esa impresión me da. Uno escucha al que vende chucherías que golpea la puerta del departamento de al lado, y sabe que le va a golpear la propia tarde o temprano, y por más que uno se esconda, por más que no lo atienda, a la puerta la golpean igual.
También puede ser esta ciudad. Mi ciudad es grande y gris. Conserva el espíritu pueblerino de otrora, una capucha que la esconde y la hace tímida. Por ejemplo: imagínense una ciudad-pueblo de cuarenta mil habitantes sin un cine. Con una laguna de treinta kilómetros cuadrados, pero sin un cine. Un laguna con muelles que la adornan, con juncos y gallaretas, pero sin un cine. A mi me gusta el cine, no tanto como el dulce de leche, pero me gusta. ¿Qué hacemos en esta ciudad sin cine? ¿Dónde nos metemos cuando llueve? ¿Para qué nos sirve la laguna cuando llueve? Miro por la ventana de la cotidianidad y en mi pueblo pasa lo que le pasa a mi ánimo: nada de nada.
O puede que sea el invierno, porque para colmo hace un frío al que no me acostumbro, y eso me mantiene el cuello recogido como las tortugas, las manos el los bolsillos, calzoncillos largos…
No es tan malo “estar al pedo”. Pero algo voy a tener que hacer. Por el momento escribo esto, que no es poca cosa después de algunos meses, y confieso que el pulso se me había enfriado (un poco más que de costumbre) y se nota en estas líneas. Un amigo me dijo que debería “disfrutar” mientras escribo, que a él le parecía que no lo hacía y se notaba. Acá te lo digo, a vos, si es que me lees: tenés razón, y creo que voy en camino de cambiar algunas cosas.
PD: para colmo de males escucho a este tipo. El polaco Goyeneche. ¡Cómo te extrañamos, che!

L.P.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cumplir los diez

Ayer alguien (y muchos) cumplieron diez años. Me refiero a "alguien" porque a raíz de eso recordé que cuando yo cumplí esa edad mi madre me dijo: "a partir de hoy empezás a cumplir de a dos números". Jamás olvidé ni olvidaré -todos los recuerdos son inolvidables- esas palabras, porque en su momento más que una novedad me provocaron una especie de nostalgia y preocupación. Acordemos que mi cabeza nunca funcionó "normalmente", y que las frases simples suelen convertirse, al cabo se tanto masticarlas, por alguna extraña fusión química o mental, en absurdas paradojas. Y tanto es así que aún hoy, veintisiete años después, sigo pensando si fue bueno o malo enterarme de que a partir de ese momento no volvería nunca más a cumplir de a un solo número, y si el hecho de comenzar a cumplir de a dos cifras no era, de alguna manera no tan simple ni natural, darme cuenta de que empezaba a envejecer.

L.P.

jueves, 5 de mayo de 2011

Un segundo en un siglo



El hombre dejó que la roca lo sostenga y que las pieles lo cubran. Observó la verticalidad de los objetos como la piedra-mesa o la piedra-televisor, quizás sospechando cierta ambigua estupidez natural. Luego sus ojos de acostumbraron a la posición y a la rigidez, a la abertura enorme de la caverna que dejaba entrar el olor del bosque; se fue acostumbrando a la ventana sin cortinas ni sol, al somier al que ya le sobraba un lado y dos patas, al animal que había matado en vano y al tapado de piel que colgaba del perchero, inútiles ambos objetos como así fundadas sus ganas de llorar.

La mujer no pensó en el garrote de otrora, ni en las promesas de entonces. Dejó que el hombre se durmiera y entró en la caverna, buscó lo que en aquellos años no tenía y colocó cuatro prendas y un par de zapatillas en un bolso de lona. Por algún extraño motivo sintió temor de caminar por la montaña y el bosque a esa hora del atardecer donde los animales (o los hombres) son peligrosos, pero de todas formas cerró la puerta y se alejó por la avenida repleta de automóviles y cirujas.

Algo se movió entonces, apenas, como un segundo. Cuando la mujer se perdió tras las rocas-edificios y cerró la puerta, él sintió ese movimiento en los ojos: un torrente de lluvia, una descomposición carnal. Se levantó deprisa, tomó el garrote sólo para volver a resignarlo contra la pared de la caverna, se rascó los cabellos enmarañados, amasó la barba hacia abajo, dejó tiesos los ojos y se dio cuenta de lo sucedido. En esa furia se arrancó las pieles que llevaba encima y se arrojó al suelo boca abajo, tragó el polvo y pateó el suelo. Luego giró, miró la roca del techo, el cielorraso de yeso, la lámpara, un cuadro en la pared, la puerta que acababa de cerrarse. Se arrojó sobre la cama, tembloroso, y se dejó rodar hasta caer sobre la alfombra; respiró pelusas. Algo se movió entonces en los ojos, apenas, como un segundo, como un siglo, como miles de siglos… y el hombre inventó el tiempo, el dolor, la tristeza, la bronca, el abandono y la lágrima. Sobre todo eso: la lágrima. O el desamor.

L.P

El favor




En un abrir y cerrar de ojos esa verdad estaba ahí, frente a mí, como en un espejo. Y fue precisamente eso: entrar en el baño de aquel bar y ver la verdad sobre un cristal mugriento.
Muchas veces había imaginado encontrar una verdad en alguna polvorienta parada de colectivo, en cualquier sueño o en cualquiera de las cuatro esquinas del cruce de las calles Soler y Belgrano. Ni remotamente imaginé encontrarla ahí, en ese bar de mala muerte donde un puñado de escritores fracasados se juntaba cada tarde a defender textos indefendibles. Uno de esos escritores era yo.
Recuerdo que entré al baño con la hoja en la mano, quizás pensando en releer el cuento que había escrito y que en unos minutos debería exponer lo más intelectualmente posible.
Diré lo siguiente: existe algo infundado entre las cuatro paredes de un baño, algo de morbosa soledad que me permite ser tan íntimo como un secreto. Es como que busco cosas en esa intimidad, cositas que no podría buscar donde otros me vieran o donde no estuviera demasiado solo. Así y todo nunca había recibido, hasta entonces y de ningún modo, cualquier tipo de revelación: ni los secretos de la felicidad, o la desdicha, ni la simple visión de un ejercicio bien hecho. Jamás vi ni hallé el Aleph, ni un posible número ganador de lotería ni un cartel significativo como el que vio el Negro Fontanarrosa y que le mostró, del modo más austero, el secreto de cómo atrapar a un lector. Tampoco descubrí ninguna frase bien escrita, ninguna imagen perfecta, ni un corpiño, ni una mujer sin corpiños. Absolutamente nada grandioso había visto en ningún baño de ningún bar. Pero no me dejaba vencer por entonces, y buscaba.
Este baño era más de lo mismo: un espacio con formas de azulejos en las paredes; un cielo raso de yeso varias veces pintado; una mesadita con una sola pileta; verticales mármoles separando los megitorios y enfrente dos puertitas de madera por donde se accedía a los inodoros. Recuerdo que cierto pudor me obligaba a orinar en los inodoros en vez de hacerlo en los mingitorios, y nombrar la palabra recuerdo es simplemente retraerme a aquella tarde cuando descubrí la verdad. Por eso: recuerdo que dejé la hoja con el cuento sobre la mesadita, la olvidé por un segundo, apoyé las manos en el mármol y acerqué la cara al espejo, torcí la boca, me vi una legaña o una pestaña caída sobre el mentón. Luego me metí a orinar y cerré la puerta. Busqué no sé qué cosas escritas, no sé qué frase o metáfora. Algo busqué en los azulejos azules o celestes, en el depósito de agua ahí arriba, con esa cadenita oxidada con el plastiquito en la punta. Busqué en cada rincón no sé qué cosa. Luego lo supe —siempre lo supe, pero a veces me costaba reconocerlo—: la verdad; como si la verdad fuera algo escondido detrás de un inodoro, o detrás del lápiz estúpido de un adolescente que amaba (o ama) a una atorranta de barrio o a una modelo. Y es que me ganaba la bronca porque no encontraba, y comenzaba a pensar con enojo, como que el pibe era un tarado y que la pendeja era una tilinga. Esas cosas. Luego oí la puerta de entrada golpear contra la pared. Para entonces yo ya me había subido el cierre, casi giraba y salía. Pero ya tenía la bronca, y no quería encontrarme con el tipo en ese baño, con ningún tipo. Así que aguanté un rato más, sólo un rato más. Es como que la suerte… sí, esa especie de suerte estuvo ahí, en ese exacto segundo. Es como que al fin la verdad, o la revelación de todo, estuvo y me retuvo y me obligó a oír sobre la puerta, y sentir que el hombre se lavaba las manos, que el hombre empujaba la otra puerta buscando el otro inodoro, que el hombre volvía a salir, y volvía a entrar, y volcaba la tapa del inodoro y el jean que se bajaba, y el quejido gozoso de ese principio. Salí en ese momento, me vi salir en el espejo y ya no pude quitarme la vista de encima. Todo lo hice sin sacarme los ojos de mis ojos: empujé la puerta, caminé dos pasos, abrí la canilla, restregué las manos bajo el agua, las escurrí y me las pasé por el pelo. Cuando oí que el hombre tiraba de la cadena, fue como volver a vivir, y me enojé aún más porque esa estupidez de haberme quedado en esa forma de duermevela me obligaba ahora a cruzarme con el tipo. Me dijo un buenas tardes melancólico, casi un suspiro o una obligación, y salió. Evité verlo. Recuerdo que busqué el cuento que había dejado sobre la mesada, y la hoja ya no estaba. Comprendí: el hombre había entrado y había salido, y había vuelto a entrar. Comprendí: la verdad de mi vida, al menos de mi utópica vida de escritor, estaba ahí sobre el espejo, viéndome como a un perro lastimado, con esos ojos de compasión ajena, de lástima, de pobre animalito de Dios, pobre criaturita buscadora de verdades, pobre perro de felpudo. Afuera estarían ellos esperándome, esperando que el perro de mi verdad saliera a defender lo indefendible, sin sospechar siquiera que lo indefendible era ahora un pedazo de papel en un correr de cloacas. De alguna extraña manera me sentí feliz. Al menos esa verdad me fue revelada sin penas ni glorias, y mientras el perro feliz del espejo me mostraba los dientes, yo lamenté no haberle dado las gracias al tipo, aunque sea haberle visto la cara, aunque sea haberle respondido el saludo… algo.

L.P.

viernes, 11 de febrero de 2011

Al fin Gertrudis



Bueno, quizás sea esta la última entrada referida a Manuel Kirschbaum. Lo último que hice esta semana es llamar a todos los Kirschbaum de la guía telefónica, desparramados por todo mi país, y ninguno de los tantos resultó ser ni familiar ni conocido de Manuel Kirschbaum. Así que por el momento no podré saber nada más de su historia ni encontrarme con sus libros, que era a lo que yo apuntaba. Me queda el consuelo no poco grato de haberme encontrado con Gertrudis, porque ahora sí estoy convencido de que es ése el cuento al que se refería Cortázar en su carta a Eduardo Jonquieres, cuento que en realidad de llama “Pechos contra Pechos”.
Sobre el cuento no diré demasiado, y muy estúpido sería si no me pusiera del lado de Cortázar. Diré que en realidad es un cuento delicioso, no sólo por respeto, sino porque de corazón así me parece. El estilo de Kirschbaun es refinado, sensible, poético, de los que Onetti hubiera premiado, de los que tanto escasean hoy día porque según tengo entendido la literatura va por otro camino. Ya no se buscan estilos, se busca no sé qué cosa, pero alguna otra cosa se busca.
Por lo pronto yo disfruté de esta búsqueda, y me queda escanear el cuento para que lo lea el que así lo desee. Sabiendo que Cortázar dijo que el cuento era delicioso y que su autor era la única esperanza de aquellos años para salvar la literatura argentina, no creo que muchos puedan resistirse. Más aún sabiendo que Manuel Kirschbaum es, a estas alturas, un autor prácticamente desconocido.

Pido disculpas por el trabajo de escaneo. No sé demasiado sobre estos asuntos de cómo escanear y colgar un texto en un solo archivo. Pinchando sobre cada hoja se puede ampliar y así leerlo. Al menos a mí me resulta.

Fuente: revista/libro Ficción. 19 de Mayo/Junio 1959







domingo, 6 de febrero de 2011

Buscando a Gertrudis


Me acaban de llegar las revista/libros Ficción, que compre para encontrar a Gertrudis de una vez por todas. Veintiún ejemplares, impecables, que se publicaron entre 1957 y 1960.
Por lo que sé Ficción era una revista denominadas de izquierda, de publicación bimestral, que fundó el novelista vasco Juan Goyanarte en 1956 y sobrevivió hasta 1971.
En la edición número 19 con fecha Mayo-Junio de 1959, supuestamente, leyó Cortázar el cuento que ando buscando, Gertrudis, y aquí tenemos un problema: el único cuento de Manuel Kirschabaum que hay en esa publicación es uno que se titula Pechos contra Pechos, y la protagonista del cuento se llama Gertrudis. Yo sospecho que Cortázar se equivocó al escribir el nombre del cuento en la carta, y que así como escribió Kirschbaum sin la “s”, escribió Gertrudis cuando en realidad era el nombre del personaje y no el título del texto. Cortázar leyó el cuento en Argentina y escribió la carta desde París, es comprensible cualquier error.
Ahora me toca leer el cuento, despacio, a ver si es tan delicioso. Claro que me queda la duda si en realidad es el cuento que busco, pero quiero pensar que sí porque son muchas las coincidencias, por lo menos las más fuertes: el año, el autor, y el nombre del personaje.
Copio acá un párrafo del cuento que tomé al azar, para que se hagan una idea del pulso de este escritor casi desconocido. Eso sí, traten de leer con los ojos y el corazón de Cortázar.

“— ¡Gertrudis!— gritó la mujer lanzándome un arponazo. Mi mano retuvo crispada el auricular y lo volvió a acercar al oído. Todo tenso, sentí que mis párpados se cerraban con el pudor de los ojos nublados de repente. La garganta me impedía pronunciar el estallido romántico del corazón. El pasmo se prolongó hasta que la mujer lo rompió, triunfante.”

domingo, 30 de enero de 2011

El Manuel de la Gertrudis


Hace un tiempo que hojeo Carta a los Jonquieres, el libro de Cortázar, libro al que ya le dediqué una entrada y sin pensarlo se merece esta otra. En la anterior mencioné lo que me costaba leer este libro y ya no voy a hacer hincapié en ello; sólo aludiré que lo tengo sobre esta especie de escritorio y que de vez en cuando lo abro al azar y leo las dos carilla que me regala ese recreo.
En una carta fechada el 10 de enero de 1959 (al pie de la página el editor duda y pone 1960. Yo aquí confiaré en la fecha que puso el escritor), Julio Cortázar escribe desde París, luego de una breve estadía en Argentina, y habla de alguna confusión entre lo que se pondera y lo que se desdeña en la literatura de su país, y que ya no halla valores interesantes dentro del ámbito nacional y los que lo son nadie los ve y demás cuestiones. En eso estaba Cortázar cuando dice: “Descubrí a un cronopio que se llama Manuel Kirschbaum, Un cuento suyo delicioso en Ficción que se llama Gertrudis. Éste sí puede darnos algo, si no opta como la mayoría por vivir de la ya hecho y tomar café hablando de lo que hacen o no hacen los demás”. (Pág.406)
La pregunta surgió sin demasiados preámbulos: ¿quién es Manuel Kirschbaum? No sé otros, pero yo me desespero cuando escritores consagrados hablan de escritores no consagrados y los tratan bien, como futuras promesas, como que “éste sí puede darnos algo”. Busqué información en la Web sobre este tipo. Lo primero que me salió fue “Las diversiones exasperadas, de Manuel Kirschbaum”, en Mercado Libre. A los dos días tenía el libro sobre esta mesa, libro destrozado pero completo, libro con fecha de edición el 12 de enero de 1953 y donde el cuento “Gertrudis”, como suponía y para mi desgracia, no estaba. De cualquier manera lo leí casi de un tirón. El libro presenta una serie de cuentos por demás interesantes que no viene al caso detallar.
Seguí buscando información sobre este escritor, y no hay absolutamente nada que tenga que ver con su biografía, con sus títulos publicados y mucho menos con Gertrudis. En un foro literario encontré una persona que hablaba de él, que lo había conocido y al que Kirschbaum le había prestado otro libro suyo llamado "Prontuario de lo grotesco". Me suscribí al foro y le mandé un mensaje preguntándole sobre Kirschbaun. Transcribo aquí una parte de la conversación que tuve con este hombre:

“Sí, lo conocí de esta manera: compré ese libro (LDE), lo busqué en guía y lo llamé. Yo tendría entonces unos 15 años (tengo 75 ahora). Ya era escritor conocido, grupo de Boedo, en los años 30. Me encontré con él varias veces, nunca en su casa, sino en una oficina que tenía. Se dedicó después a la grafología. Tenía una Escuela de nuevas técnicas Psicológicas en Maipú casi esquina Corrientes. No sé que hay ahora ahí; encima, estoy viviendo en Uruguay. Pero las últimas veces que intenté encontrarlo para obsequiarle un libro que yo había publicado, no había rastros de él. Conocí a su hijo en esa Escuela, pero no recuerdo su nombre de pila. También lo vi una vez con Juan Jacobo Bajarlía, pero Bajarlía ya murió. En fin, parece que se lo olvidó definitivamente... Una lástima”.

Sigo buscando información, pero hasta el momento es en vano. Cortázar habla de Ficción. Yo no sé si es el título del libro que lleva a Gertrudis, —ahora sospecho que sí—, o si es una antología entre varios autores que lleva ese cuento. No encuentro ni siquiera “Prontuario de lo grotesco” en ninguna de las librerías de usados que mandé preguntar, que fueron muchas. Las preguntas son tantas…
¿Qué fue de la vida de Manuel Kirsbaum? Ni la más remota idea, pero entiendo que él jamás supo que Cortázar llegó a ponderar y admirar un cuento de su autoría; que Cortázar, desde París, lo nombraba como una posible salvación de la literatura Argentina. No llego a darme cuenta de que si Cortázar hubiera hecho público esa revelación el destino de Gertrudis hubiese sido diferente, ni sé si merecía la pena. También puede ser que como vaticinó Cortázar, el señor Kirschabaum se haya sentado a tomar café y a hablar de los que hacen y no hacen los demás, puede ser. Lo cierto es que Gertrudis no está por ningún lado, y que Manuel se murió sin suponer, ni remotamente, que tantos años después alguien lo andaría buscando.

L.P.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La línea recta





Carlos hablaba de silencios. Silencios como piedras en la pared de la habitación, silencios como escupidas en el rostro. El sillón lo sostenía como a un borracho: las manos cayendo por los lados de los apoya brazos, las piernas estiradas sobre la alfombra, la cabeza inclinada hacia atrás. Carlos no hablaba de silencios, ni los imaginaba: los oía, reales, llegando desde la habitación superior de la casa, bajando las escaleras. Silencios de murmullos entrecortados, de mordidas, de placer. Levantó una mano, y una gota de whisky le corrió por la manga de la camisa. Recordó que debía mantener la horizontalidad del vaso. Bebió y tragó más allá del nudo en la garganta. Su mirada no pretendía un enfoque certero, y cerraba los ojos largamente hasta volver a ver el living dibujado sobre sus párpados. Recordó que una vez tuvo una pesadilla: estaba en la oficina abstraído en unos presupuestos, y de reojo veía que alguien estaba parado a su lado. En un momento levantó la vista y allí estaba Carmen, vertical, con sus enormes ojos abiertos, y muerta. Más allá, de espaldas, había un muchacho recogiendo unos sobres que estaban sobre el mostrador. Carlos quiso gritar en el momento que el joven comenzaba a morirse, porque sin siquiera sospecharlo el chico estaba en el camino de la muerte, en la línea recta e imperturbable que seguía la muerte aquella tarde. Despertó con el grito vivo en la habitación. Desde entonces Carlos creía que la muerte seguía una línea recta, y que morirse era cuestión de estar dos centímetros más allá.
Ahora habría los ojos de vez en cuando y volvía a paladear el whisky, y giraba la cabeza estúpidamente para luego sonreír y sospechar que no tendría tanta suerte aquella tarde, que no tendría él la suerte de estar en el camino de la muerte en ese momento. Un solo tic-tac marcó las diecisiete. Pensó en que el tiempo suele ser enemigo de los hombres. Haber salido antes de la oficina fue su tiempo y su desgracia, y fue también la causante que lo obligaba ahora a escuchar silencios que bajaban por las escaleras, por la misma escalera que llevaba hacia la habitación, la misma escalera que habría pisado el amante para llegar hasta la mujer que lo esperaba. Ahora un quejido, ahora otra mordida. Carlos oía esos silencios y el suyo, y murmuraba entre dientes, maldecía y buscaba el camino. Imaginaba a la muerte entrando por la ventana, pasando por encima de la mesa, de las sillas, del gato ahora vivo, ahora muerto. La imaginaba subiendo la escalera, palpando la baranda, tiñendo de neblina el pasamano de madera. Olvidó el vaso sobre la alfombra. Entrelazó los dedos y apoyó las palmas de las manos sobre la cabeza. Logró divisar a través de la ventana un grupo de gorriones alborotados, y reflexionó que esa imagen era su pasaporte a la realidad como así también lo sería, un segundo más tarde, el revólver en su pulso. Y en esa realidad siguió escuchando silencios bajando escalones, y siguió recordando pesadillas, y cayó en la cuenta de que la puerta de la habitación estaba ahí arriba, en el camino correcto, ni dos centímetros más allá.

L.P.

viernes, 15 de octubre de 2010

Para leer en el baño




Hay un preciso e inevitable momento (necesidad fisiológica) en el cual la persona debe abandonar quehaceres —fuesen cuales fuesen, sin distinción de importancias— para dirigirse al baño. Para ello, se debe tener al alcance de la mano (o al menos tener conocimiento del lugar dónde se encuentra) el libro, revista, periódico, manual de intrusiones, etc., que se tenga intenciones de leer en ese momento. Es muy importante contar inmediatamente con el “objeto de lectura”, considerando que una extensa búsqueda puede acarrear consigo infinitas consecuencias. Puede ser un acertado consejo tener una biblioteca sobre una pared inmediatamente anterior a la puerta del baño o, en su defecto, en el interior del mismo.
Una vez dentro del baño con el “objeto de lectura” en la mano, busque un sitio donde apoyar dicho elemento. Un buen lugar puede ser la parte delantera y superior del bidet (dicho sanitario está próximo al inodoro) porque es allí donde el filo del benéfico tiene una curva muy pronunciada y el “objeto” puede mantenerse en equilibrio. Si el sanitario está seco y limpio, se puede usar el interior del mismo como posible lugar de reposo del material en cuestión. Una vez resuelto lo anterior, procederemos a ponernos de espaldas al inodoro, aproximadamente a una cuarta de distancia, con el torso vertical. Ya en esa posición, sin titubear demasiado, procuraremos desnudar la parte inferior del cuerpo, dejando las prendas sobre el empeine de los pies. Cabe aquí la posibilidad de que el sujeto lleve polleras. En ese caso, puede uno remangarla hasta la cintura o, directamente, quitársela. De cualquier modo, es de suma importancia quitarse las prendas antes de sentarse sobre el inodoro. Ya desprovistos de las vestimentas inferiores, procederemos a agacharnos. Para ello no usaremos la forma tradicional, sino que inclinaremos primero el cuerpo hacia delante unos treinta grados, aproximadamente, y luego flexionaremos lentamente las rodillas, hasta que los muslos hagan contacto con la parte superior del inodoro. Con un leve movimiento de cadera acomodaremos el cuerpo sobre la fría superficie. Una vez hecho esto, debemos girar la vista hasta hallar el “objeto de lectura” y estirar el brazo tomándolo con la punta de los dedos. Lleve el objeto hasta delante de los ojos, ábralo donde le plazca leer y luego apoye los codos sobre las rodillas, logrando de eso modo una cómoda posición de lectura.
El período de lectura es, lógicamente, proporcional al tiempo que demande la necesidad. Llegado a este punto, el sujeto comenzará a hacer todos los movimientos mencionados pero en orden inverso.

L.P.

jueves, 7 de octubre de 2010

Merecidamente



Al momento de haber hecho la impresora la primera copia, retumbó en la sala un golpe seco y apagado desde la puerta. Pensé en el perro. Había escrito tres horas sin descanso ni anteojos, había sufrido los porfiados intentos del protagonista de escaparse del hilo que intentaba llevar la historia, había releído cada página al menos ocho veces, y todo soportando el sueño queriéndome tumbar sobre el escritorio y la computadora. Ahora golpean la puerta, ahora la abro y el sujeto con cara redonda, hinchada y tirante con una sonrisa de mejilla a mejilla me extiende el brazo y me pide una copia. No entiendo. “La copia del cuento”, me dice: “quiero la copia antes de que vengan los otros”. Sospecha mi negativa. Entonces el tipo entra corriendo, resbala sobre el felpudo, se rompe los huesos contra el filo de la estufa. Como un agua viva se desparrama en el suelo. “¿Adónde está!?”, grita, “¡quiero el cuento!”. Al levantarse ha visto —al otro lado de la mesa—, la impresora con las páginas, y un segundo más tarde las toma y corre hacia la calle. Se pierde en el sol de afuera, en el ancho de la vereda. Cierro la puerta asustado.
Sin saber por qué, hago otra copia del cuento. Snik, snik, snik. Al parecer otra persona ha golpeado la puerta mientras la máquina trabajaba, porque cuando la novena página cae sobre el escritorio, la puerta que se rompe y se desploma contra el suelo. Esta vez una mujer es la que sonríe parada sobre lo que fue la puerta vertical, con las manos apoyadas sobre la cadera y respirando trabajosamente. “¡Quiero la copia!” me grita, y voltea para ver más allá de su espalda la calle vacía. “¿No me oís, boludo?”, agrega poniéndose seria, bajando el centro de las cejas, arrugando la nariz. “¿Ésta?”, pregunto tímidamente, y en cuanto levanto las hojas la tengo a la mujer encima quitándome los papeles de un zarpazo. No tropezó en el felpudo en la carrera hacia el exterior, pero sí lo hizo en la escalerita que baja hasta la vereda, y rodando llegó a la calle, adonde en la última vuelta logró incorporarse aprovechando el impulso y salió gritando y revoleando las hojas en la mano alzada.
Con la tercera copia del cuento casi era previsible lo que iba a ocurrir, casi lo sospechaba, así que dejé la impresora largando la copia y me deslicé hasta un rincón. Enseguida vino otro a robar el cuento, con la misma euforia que los anteriores, y a ese le siguieron otros desquiciados. Perdí la cuenta. Sospeché que a esas alturas cada boludo inculto del mundo tendría una copia de mi obra sobre la mesita de luz. Lejos de eso ocurrió que yo dormía y soñaba, la cabeza sobre el teclado de la computadora.
Mientras tanto el viento entrando por la ventana levantó por los aires las nueve hojas que se fueron por la misma abertura hasta la alcantarilla de enfrente y se hundieron, merecidamente, en el agua podrida.

L.P.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Cartas a los Jonquières



Me regalaron el libro la semana pasada. No entiendo por qué las personas que nunca leyeron un libro son, justamente, las más propensas a comprarlos para regalo. El dilema es el siguiente: leer o no leer. La tentación es grande. Lo cierto es que lo tengo acá, al alcance de la mano. (Escribo esto como al azar quizás para no ser leído, sin correcciones y abierto a un desorden sintáctico que abruma. Pienso más que escribo). Si, la tentación… Se llama Cartas a los Jonquières. Firma, supuestamente, Julio Cortázar. Digo supuestamente porque el autor no participó en la edición de su obra. Es razonable: Cortázar murió en el ochenta y cuatro y el libro salió en julio de este año. Son las cartas que Cortázar escribió desde París a Eduardo Jonquières, amigo del escritor. Digo que su nombre está en la tapa del libro, que las cartas son de su autoría, que la prosa es la del mejor Cortázar del mundo, pero que el muerto nunca autorizó la publicación de esas líneas. Que ahora dichas cartas estén editadas en un libro no es más que un mero recurso económico para hacer ricos a un puñado de idiotas. La reseña, desvergonzada, dice: “Además de escribir novelas y cuentos a los que debe su fama, Julio Cortázar se dedicó con igual intensidad a la escritura de una enorme cantidad de cartas, un conjunto que equivale a esa autobiografía que nunca intentó, y que, por su volumen y su riqueza, es una parte fundamental de su creación literaria. Entre ellas se destacan éstas que publicamos ahora, enviadas al pintor y poeta argentino Eduardo Jonquières, a quien lo unieron cincuenta años de amistad. El conjunto es de una extraordinaria importancia porque se da en ellas algo inusual en el autor, que se permite confidencias, consejos y discrepancias: son atisbos al Cortázar más secreto.(…)” . ¿Hasta dónde le podemos sacar el jugo a un escritor? ¿hasta donde podemos desnudarlo y dejarlo como Dios lo trajo al mundo sin una pizca de respeto? Si alguien revisa uno de mis cajones les salto al lomo como un leopardo. “Un conjunto que equivale a esa autobiografía que nunca intentó”. Para mí que no quiso intentarla, no hace falta andar escribiendo autobiografías. “Son atisbos al Cortázar más secreto”. Esta es la parte que más me gusta. Ahora, Julito querido, se te acabaron los secretos.
Ya la publicación de las conversaciones entre Jorge Luis Borges y Bioy Casares (tomadas del cuaderno de Bioy), me pareció una aberración. ¿Alguien se imagina a Borges en pelotas?
Me tratarán de exagerado. Me dirán que es el precio que pagan los grandes personajes, me dirán que está bien que le publiquen absolutamente todo lo que encuentren, que el hombre está muerto, que sería un desperdicio no hacerlo. Yo no sé… por lo pronto este compromiso espantoso de tener el libro y no poder leerlo por una cuestión moral o ética o imbécil. A veces peco, caigo en la tentación, lo abro, leo dos o tres líneas, lo cierro aún saboreando ese pulso melancólico y genial de Cortázar. Pero también me tironea la idea de la traición, que soy un jodido husmeando diarios y cartas ajenas. Estoy entre dos cuerdas, tambaleo como un mamao. Fumo o no fumo. Algo así, algo le pasa a mi cabeza.

L.P.

viernes, 23 de julio de 2010

Los mejores del Mundo




Yo lo sabía. Ustedes me dirán lo que quieran, y están en su derecho. Yo sabía que este país es un país grandioso, donde lo absurdo tiene sabor a cotidianidad y donde Alicia se sentiría a gusto o tan a disgusto como en la cueva del conejo. En la sección policial del periódico me entero que en una penitenciaría del sur Argentino, en Neuquén para ser preciso, a falta de personal, apostaban dentro de unos los refugios de seguridad una pelota con una gorra simulando un guardia de carne y hueso. Yo sospecho (todo es posible) que también le habrían puesto al seudo guardia una chaqueta y un fusil. Ustedes, extranjeros, me dirán que en América Latina es “normal” este tipo de cosas. Bueno, yo escuché a Chávez, presidente de Venezuela, explicándoles a sus ciudadanos cómo bañarse en tres minutos para no derrochar el agua, pero juro que en Argentina eso no causa ni gracia ni espasmos. Escritores de ficción hubo, hay y habrá en todo el planeta y en todos los tiempos, pero que se atrevan a escribir la ficción que se escribe diariamente en los periódicos de mi país, con esa prolijidad, con esa conducta, con ese afán por gritar a todos los vientos esta historia es mía, no creo. Y lo peor es que parece ficción pero se llama realidad, una realidad tan absurda que da miedo. Para resumir y ejemplificar: las autoridades de la penitenciaría se creyeron lo del realismo mágico, creyeron que nadie se daría cuenta del engaño y pusieron dentro de la garita una pelota con gorra. Los presos se dieron cuenta del artificio. Habrán dicho: el guardia está muy quieto todo el tiempo, ni fuma ni se rasca la nariz, la cabeza es demasiado redonda, no se come los mocos; o se hace el pelotudo o es un espantapresos. Para ahorrase dudas dos se fugaron. No se habían equivocado. Wilson (mote que le pusieron los presidiarios al guardia en referencia a la mascota de Tom Hanks en El Naúfrago) era un tipo macanudo. Por supuesto, ni se movió. En recompensa salvó su cabeza, que bien se podrían haber llevado para jugar un picadito de futbol en alguna tregua que les diera la huída.
No me digan que no somos los mejores del mundo.
La noticia está aquí.
L.P.