miércoles, 26 de junio de 2013

Mudo







Creo —por no decir “estoy convencido”— que dentro de no mucho tiempo quedaré absolutamente mudo. Me he dado cuenta de que mi léxico está disminuyendo, que casi no puedo hablar de corrido y que ponerme a conversar con alguien es una especie de suplicio. Como si se me trabara la lengua, como si alguien me fuera quitando las palabras de la boca una millonésima de segundos antes de poder soltarlas. No es que me niegue al diálogo (bueno, en algunos casos sí, pero eso es otra cosa), sino que el diálogo se niega a mí. Entonces es esa especie de sufrimiento, porque mientras la persona suelta su primer puñado de oraciones me quedo pensando en las dos primeras palabras que dijo, y después en qué dijo y luego en qué responderle. Voy atrasado digamos, lento digamos. No puedo coordinar lo que estoy pensando con lo que voy diciendo. Ausente mi pequeño diccionario mental de sinónimos y antónimos, perdida mi pobre RAE, lejano mi dialecto, oxidada mi lengua, mi paladar y mis labios. Atrofiado, digamos de una vez por todas. Atrofiado verbal. Vacío de palabras como un bebé. Por lo tanto ya saben: no insistan.

L.P.  

martes, 4 de junio de 2013

El hombre solo

 Cuento  publicado en "La Balandra" en el año 2012




Aquel día olvidé el consejo. Fui una especie de buen tipo creyéndose caritativo sólo por tener una Volkswagen Transporter  bastante nueva. El hombre estaba ahí, en plena patagonia, tomando polvo y viento y sol. Un pobre diablo,  de eso estoy seguro.  Yo había pasado la noche es Villa Stroeder, un pueblo tranquilo como pocos, apenas un punto en medio del desierto. Por la mañana, cuando retomé la Ruta 3 camino a Bahía Blanca, vi al hombre que hacía dedo. Y esas cosas del aburrimiento, de la nostalgia, de olvidar consejos, esas ganas de oír una palabra hicieron que me detuviera. Un pobre diablo: sobretodo gris, un bolso pequeño en una mano, un cigarrillo en la otra. Y su gran altura. Eso fue lo primero que vi.
—Buen día, jefe —grité a través de la ventanilla abierta. Al hombre no le alcanzó esa abertura. Abrió la puerta. Me saludó con un gesto de la cara—. Voy para Bahía —agregué—. ¿Le sirve?
—Si, gracias —dijo el tipo.
Tuve tiempo de ver en su cara rastros de viruela cuando subió y se acomodó en el asiento También observé sus zapatos negros.
—Qué viento, hermano… —dejé la frase abierta. Puso el bolso sobre la alfombra de goma, entre sus piernas. Silencio. Algo parecido a una lagartija cruzó la ruta. El viento levantaba una polvareda fina y revolcaba arbustos sobre la patagonia. Cuando de nuevo puse al vehículo en movimiento, el tipo habló:
—Tuve suerte —dijo—. A veces espero por horas que alguien me levante.
—Me imagino. Estas rutas son la muerte —respondí sin mirarlo. Recuerdo que en ese momento iba pensando en las  palomas mensajeras que había soltado el día anterior en algún punto de la ruta. Clientes que tenían palomares me daban las palomas, y yo se las soltaba a la distancia  que ellos me decían. Digamos que era una atención. Ellos me compraban zapatos; yo les soltaba palomas.
—Quién sabe si volverán —dije, y miré hacia arriba por encima del volante.
            Yo intentaba iniciar una conversación; creí que el tema de las palomas sería acertado. Al hombre no le importó. Sin embargo  murmuró que trabajaba en una petrolera.  Todos por allá trabajaban en petroleras o en las minas. Mucho no me interesaba. Yo prefería hablar de palomas o de mujeres. Pero se trataba de iniciar un diálogo, así que me deshice de pretensiones.  Dije, mostrándome entusiasmado: “Qué bien”. Pregunté cómo le iba.
     —Normal. Ya sabe.
Yo no sabía, pero estaba dispuesto a seguirle la corriente.
—Por lo menos estas empresas extranjeras no tienen problemas a la hora de pagar.
                 —Ajá —dijo.
Agregué:
     —Pagan en tiempo y en dólares.
     — No tiene importancia —dijo. 
Vi que al hablar mantenía la cabeza rígida, la mirada pegada al parabrisas.
—Lindo color el del dólar.
—Sí —respondió. Y repitió la frase—: No tiene importancia.
Lo miré de reojo. Algo hubo en el tono de su voz, algo que no supe describir. Esperé a que siguiera hablando, pero no dijo nada más.
—Cómo no le va a importar el color del dólar, jefe. Para algo trabaja.
El tipo no respondió. Fregaba sus manos sobre el pantalón.  Vi que estaban limpias y blancas.
—Y qué hace en la empresa. ¿Trabaja en las oficinas?
—No.  Estoy en mantenimiento. Un trabajo de mierda.
Cuando concluyó la frase miró hacia el costado. Un cartel destartalado se movía con el viento. Lo siguió con la vista como si le hubiera interesado. Luego me di cuenta de que empezó a hacer lo mismo con todos los carteles. Los seguía desde el frente hasta girar la cabeza casi un cuarto de  vuelta. Me pareció gracioso, pero a la vez intuí que ese juego era parte de algo extraño, infantil. Un rato después cambió de actitud y volvió a mirar fijamente el parabrisas.
Habríamos hecho para entonces unos treinta kilómetros. De pronto el tipo dijo:
—Me tengo que matar.
Dijo: “me tengo que matar”. Yo lo escuché bien, pero podría haberme equivocado, podría haber dicho  otra cosa como: “me tengo que bajar”. Eso quise creer, pero no me dio tiempo.
—Me tengo que matar,  y otro se va a ir conmigo.
Lo miré a la cara, de frente, por primera vez desde que iniciamos el viaje desde aquel desierto paraje de Villa Stroeder, porque él también me miró recto a los ojos, como un relámpago, como un disparo, y luego siguió mirado hacia adelante. Yo volví la vista a la ruta. En ese segundo había movido levemente la dirección, y la camioneta transitaba ahora por la mano contraria. Enderecé el curso, sonreí, traté de que el hombre viera mi sonrisa. No lo hizo. Entonces simulé una carcajada breve. El tipo tampoco reaccionó. Dije:
—Qué le va a hacer, jefe.
—Eso —dijo, y agregó—: Nada.
Yo esperaba que se largara a reír, esperaba el final de la broma. En algún momento de esa espera presentí que quería seguir con el juego un rato más. A él también le parecería insoportable el viaje.
—Jefe, ¿unos mates?
—No hay tiempo.
Le dije que aún faltaban varios kilómetros para Bahía Blanca.
—Eso no importa. No hay tiempo —repitió.
Movió levemente las piernas, y se volvió a frotar las manos contra el pantalón. Yo traté de pensar en los consejos: no levantes a nadie en la ruta; hoy es peligroso. Había desoído los consejos, pero creía tener mis razones: la gente del sur, la buena gente de los pueblos de la patagonia, gente sin maldad, hospitalaria hasta la médula, atentos hasta la bronca. Llevar a una maestra, a unos niños, a un campesino. Muchas veces había levantado gente como esa. Tenía mis motivos para desoír consejos. Ahora me acordaba de ellos, pero no podía creer lo que estaba sucediendo; seguía aferrándome a que era una broma de este pobre diablo. Entonces vi pasar una paloma, y la seguí con la vista hasta que se perdió en lo alto.
—Debe ser de las que solté ayer —dije—. Mucho viento.
Recordé que nunca le había hablado de que yo soltaba palomas. Entonces agregué: —Le suelto palomas a los clientes, palomas mensajeras.
Tampoco le había contado que yo vivía en Buenos Aires y que venía seguido al sur a vender zapatos.
—Soy vendedor de zapatos.
—Ajá —dijo el hombre.
—¿Le gustan las palomas, jefe?
El tipo giró la cabeza hacia la ventanilla. Yo aproveché  para mirar el bolso que estaba sobre la alfombra, entre sus piernas. Me estaba asustando. Pleno mediodía en la patagonia, pleno sol, y un temor parecido a la vergüenza.  Muchas veces había pensado en lo que haría si me asaltaban. Recordé que un amigo, con el tipo sentado al lado apuntándole con el revólver; había decidido tirar el vehículo a la zanja, saliera pato o gallareta. Yo miré hacia la banquina: polvo, yuyos, poca profundidad. Pensé: si hago una maniobra brusca la vuelco, y a la puta madre. Pensaba todo esto, pero a la vez no lograba hacerme a la idea de que algo así pudiera estar pasándome. Intenté dos o tres veces el diálogo, creo que hasta le conté un chiste, pero el hombre estaba ahora con la  sien apoyada contra la ventanilla; podía verle la respiración en el sobretodo, cierto nerviosismo en las manos. Decidí tomar las cosas a la tremenda. Estaba en el baile:
—Y por qué, jefe, qué le anda pasando.
Entonces me miró:
—Porque sí. No sé por qué.
—Bueno, creo que usted sabrá, pero haga lo que le parezca —dije esto sin pensarlo, o más bien con bronca.
El hombre no respondió.
Justo cuando mis piernas empezaban a temblar recordé lo de la llave abajo del torpedo, arriba del pedal del embrague. Una tecla que le había hecho colocar a la Volkswagen cuando la había comprado, por miedo a que me la robaran.  Era un interruptor que funcionaba como los de encender las luces domésticas. Cuando lo movía con la punta del pie se cortaba la corriente de la bomba y ésta dejaba de inyectar combustible. El vehículo se paraba enseguida. Antes de poner mi plan a funcionar, respiré profundamente. Abrí un poco la ventanilla. Un viento fresco me hizo cerrar los ojos. Otra vez pude ver la paloma, pero supuse que no era la misma. El tipo seguía ahí. Tuve que mirarlo varias veces para descubrir que no había ninguna sonrisa en su cara, para convencerme de seguir adelante con el plan. Entonces levanté la punta del pie izquierdo y moví la perilla. Fue una especie de susto y de alegría que se mezclaron. El motor se paró. Quité el cambio y dejé que el vehículo corriera, mudo.  Me di cuenta de que debía decir algo cuando el hombre me miró. Entonces insulté, e hice un gesto como de asombro.
—La puta madre, jefe, lo que nos faltaba. —Dije “lo que nos faltaba” como si esto significara que aparte de que el tipo me iba a matar a mí y luego se iba a suicidar,  el  vehículo nos dejaba varados. Ante el silencio del hombre agregué.
 —A ver qué le pasó a esto.
Cuando nos detuvimos agarré la manija de la puerta, y antes de abrir lo miré. Él había vuelto la cabeza hacia la ventanilla. Respiré aliviado. Me bajé y levanté el capot. Por alguna hendija  pude ver al hombre sentado, ahí, como si nada. Pensé en salir corriendo. Miré hacia todos lados. Desierto, yuyos cortos, vasta distancia, soledad. “Adónde mierda voy a ir”, pensé; “adonde mierda voy”. Entonces reparé en las posibilidades que tenía hasta el momento: arrancar el vehículo, volcarlo y tener la suerte de que el tipo se desmayara o se matara en la maniobra, y yo salir ileso. Una estupidez. Salir corriendo así, sin nada, tratar de perderme entre el polvo, de que me tragara la inmensidad descolorida de la patagonia, imposible. Hubo entonces una tercera: lograr que el hombre se bajara con la excusa de empujar la camioneta. Subí y le di arranque varias veces, siempre con el interruptor cortado.
—Qué macana, jefe —dije tratando de conservar un tono parejo en la voz—; vamos a tener que empujar.
El hombre me miró durante un instante eterno. Me miró mientras yo lo miraba. Traté de mostrarle una cara inocente, lo más pelotuda posible. No le di tiempo a nada. Me bajé y comencé a empujar la Volkswagen solo, desde el parante de la puerta. No logré ni moverla. Vi entonces que el tipo dejaba el bolso y se bajaba. Se aferró al parante de la puerta de su lado y comenzó a empujar. Cuando la camioneta tomó algo de velocidad, subí de un salto y puse el cambio. No sé por qué no encendí el interruptor para que arrancara en ese primer intento. Creo que temí que el tipo lograra subir como un gato. El vehículo no arrancó, por supuesto. Bajé, volví a levantar el capot, hice como que  tocaba algo. El hombre se volvió a sentar. Sentí entonces algo parecido a la bronca, un espasmo secreto, ganas de ser yo quien lo matara de una vez por todas. Me imaginé tomándolo por el cuello, me imaginé viéndole la lengua larga, seca, quieta y relajada sobre el mentón. Pero fui un poco más allá, un poco hacia atrás en el tiempo, y lo imaginé allí parado, entre el viento, con su sobretodo y su bolso y su cigarrillo,  con su dedo agitándose en el aire tratando de que yo me detuviera, de que un alma estúpida se detuviera en esa soledad espantosa y lo llevara. Me imaginé viéndolo pasar por la ventanilla, y yo me reía en esa imagen, me reía y le mostraba los dientes y le gritaba: “que te lleve Montoto” y luego yo pensaba “pobre diablo, no sabe que  sólo llevo palomas”.
Cerré el capot, todavía pensando en las palomas y en el error. Ahora en mi voz había bronca, dureza.
—Vamos a probar de nuevo.
El maldito no se movió, otra vez, como si tratara de analizar la situación, como si pensara: “acá nomás lo mato y me evito el esfuerzo”. Pero luego bajó, y ocurrió una especie de milagro: Vi que se encaminaba hacia la parte de atrás de la  Volkswagen, lo vi por el espejo retrovisor de la puerta, y comenzamos a empujar. Entonces me subí, moví el interruptor, le di arranque,  puse el cambio y aceleré.
 Pude ver al tipo en medio de la ruta, que se alejaba, que se empequeñecía en el espejo, que era ahora una figurita inmóvil allá atrás. No quiero pensar que todo era una broma y que dejé al imbécil en medio de una ruta por donde no pasaba ni un alma. También vi (o creo haber visto, todo es tan confuso) una paloma revoloteando sobre el horizonte, buscando un rumbo. Recuerdo que mis piernas  temblaban, o sufrían una especie de convulsión, para el caso es lo mismo. En esos estertores me di cuenta de que el bolso estaba ahí, sobre la alfombra de goma. Lo tomé de las manijas y lo arrojé por la ventanilla. Ni miré dónde cayó. El pobre diablo seguía ahí,  lejos,  casi invisible en el espejo.- 
L.P

jueves, 25 de abril de 2013

Mi hijo y mi perro odian a Hemingway



         Este cuentito se ha terminado, dijo, y así fue. Valentino metió hasta el fondo de la bañera mi libro de cuentos de Hemingway. ¿Habrá sido sólo una reacción infantil? ¿Una travesura? Lo niños son un misterio. ¿Por qué no metió la media docena de sus libritos de patitos y chanchitos de mierda y los hizo puré dentro de la bañera? ¿Por qué tuvo que mojar justamente a Hemingway? Bueno, sospecho que los chicos son unos jodidos que algo saben de todas las cosas y entre todas esas cosas está la literatura. Por lo tanto, puede que la hermosa cabecita de mi hijo haya detestado la prosa "Hemingwayniana" desde la mismísima foto del maestro en la tapa del libro. De alguna manera supuso que no le agradaría jamás ese tipo, y que en algún futuro no tendría ni la más mínima intención de leer ninguno de sus relatos, ni siquiera “Las nieves del Kilimanjaro”, ni siquiera “Campamento Indio”, ni siquiera nada de nada.
           Bien, me dije: a poner el libro al sol y a ver qué se salva.
            Lo que aún no puedo entender, --quizás porque su raza no es mi raza y porque ponerme a pensar como un perro ya sería el colmo--, es por qué mi fiel mascota orinó a Hemingway. El libro al sol, abierto como un abanico, arrugado, descolorido, aún húmedo, agonizando, y el perro le pone el tiro del final, lo remata con su orina sin una gota de lástima. ¿Un complot en mi contra? ¿Mi perro y mi hijo contra Hemingway? ¿Mi perro sabe leer o sólo de divierte? ¿Me perdí de algo?
          No sé. Lo cierto es que el libro sigue ahí, secándose, aireándose, despatarrado como una araña, esperando que yo lo rescate de una vez, que lo ponga a resguardo de atentados, de tantos locos sueltos.


L.P.

jueves, 3 de enero de 2013

Sobre el perro

Llueve y mi perro está afuera. Bajo el porche, bajo el auto en el garaje, bajo los arbustos del patio. ¿Debería dejarlo entrar y que embarre todo el piso de la cocina? ¿Debería? ¿Será su mundo este interior de muebles anti naturaleza o simplemente entraría porque es tan perro fiel que no podría rechazar mi invitación? No entiendo mucho sobre perros, pero creo que algo antes inmodificable se está modificando. Las conductas, ni las del hombre ni las de los perros, son las de otrora.

Lo dicho

La historia que sigue me la contaron hace un rato, en primera persona. Si muchas otras personas me contaran diariamente cosas así, escribir ficción sería un tanto más sencillo. O mejor todavía: no se podría escribir ficción. 

"Esa tarde mi madre estaba un poco peor de salud. Acostada en la cama, me pidió si por favor le preparaba un té. Fui a la cocina, puse agua a calentar. Cuando volví a la habitación, la veo que inclina la cabeza hacia un lado entrecerrando los ojos. No sé por qué le grité: ¿¡Vos no te estarás muriendo, no!? Mi madre abrió los ojos, sonrió: ¡Pero no, che! Fui a la cocina, preparé el té. Cuando volví a servírselo, mi madre estaba muerta".

Proyecto novela

Despertó sobresaltado cuando creyó que alguien intentaba destaparlo. Se quitó de encima el sueño y levantó la cabeza. Miró hacia sus pies, sus piernas terminadas en pies. No había nadie, la habitación estaba vacía y observó que su mano, su puño, estaba cerrado a la altura de la cintura sosteniendo la sábana. Sintió cierto temor en ese principio, en cuanto se dio cuenta de que estaba tan solo en la habitación como lo había estado siempre. Se quedó despierto mirando el cielo raso, queriendo encontrar en él una explicación, anhelando oír en la oscuridad, queriendo tocar lo que sea, queriendo abrir el puño para soltar la sábana. Nada se movía, todo se escuchaba, todo era silencio en el tictac del reloj sobre la mesa de luz, en la araña tejiendo su tela sobre la lámpara que colgaba del techo. Oía el correr de su sangre, presentía la mirada de un mosquito. Volvió a recostarse boca abajo y descorrió su cuerpo hacia el borde del colchón; Se estiró para ver debajo de la cama: sólo pelusas y un rollo de hilo, una pelota de tenis y un guante de lana, sólo la noche como afuera, la noche que le llegaba convertida todavía en espanto. Un segundo más tarde escucho el vuelo de un murciélago en la habitación de al lado, los ronquidos de la abuela vieja, el temblor de la puerta que separaba los cuartos. ¡Qué placentero volver a conciliar el sueño! Sintió que sus párpados se cerraban, que comenzaba a soñar todavía despierto. La sangre se le detuvo, el murciélago también se detuvo, las sábanas otra vez bajo su mentón y los puños cerrados, la abuela vieja callada, como muerta; otra vez el sueño, las ansias del sueño, que mañana hay que volver a la escuela, que dentro de un rato hay que volver a la escuela... Tuvo tiempo de ver el brillo del reloj: las cuatro, las cuatro y cinco, las cuatro y diez… mejor dejar de mirar, mejor dormir, mejor entregarse al sueño antes que le vuelvan a correr las sábanas hacia abajo, mejor dormirse y rezar para no despertar cuando esto sucediera. Con esa impresión se durmió, con la idea de que un fantasma se escondía en alguna parte.

L.P.

Lo cotidiano

Hay personas que, sin saberlo, tienen tendencias suicidas. Suicidas que no se animan a suicidarse y quieren que los suicido yo. Porque mirá que pararse a mi lado y hablar y hablar como si alguien (yo ni loco) los obligara a hacerlo. Estoy trabajando, me ven que estoy trabajando. Así todo hablan y me cuentan cosas que a mí no me importan en absoluto. Ni una mierda me importa lo que tengan para decir. Me ven con el martillo en la mano, me están viendo que estoy con el martillo en la mano, no es que yo lo oculto. Estoy trabajando. Una de mis herramientas favoritas es el martillo. Mi tío siempre dice: "si nadie hubiera inventado el martillo antes, seguro lo inventaba yo". Si, un martillo precioso en la mano y así todo me hablan... suicidas estúpidos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La Función





La mosca fue veloz. Un salto y vuelo espiralado hacia lo alto del cielo raso. Desde allí observó al perro que la había perseguido con la vista soñolienta. El perro no había sido lo suficientemente ágil. Percibió el andar de la mosca sobre su ojo izquierdo. La advirtió, aún dormido, y aún dormido la dentellada infructuosa se hizo eco en la atmósfera de la habitación. La función duró menos de un segundo, casi nada, casi nada de nada, pero el hombre había visto todo: la mosca, el perro, la mordida en el aire, la paz del insecto en el cielo raso, la nunca turbada armonía del perro que volvió a dormirse sin haber despertado nunca. El hombre se vio inútil en la incidencia; se vio allí, sentado, observando la escena repetirse en sus recuerdos efímera e infinitamente. Vio a los protagonistas que no lo vieron a él ni lo oyeron aplaudir, vio la desfachatez de lo acaecido que nada tuvo que ver con el único ser racional que habitaba el cuarto, con el hombre que se creía dueño del tiempo y el espacio y de todos los secretos. Comprendió que los hombres son invisibles, privados de tantas maravillas secretas, inútiles y pedantes ante Dios y lo escuetamente natural, insensibles o ciegos o lo mismo, y dedujo que aunque fuese rey y dueño absoluto del recinto, la escena no le pertenecería nunca. Sencillamente, él estaba de más en ese casi casi imperceptible universo. Y lloró. L.P.

viernes, 27 de julio de 2012

¿Quién dijo que hay que leer?

Por lo que sé o me hacen ver, hay insistentes campañas que incitan a la lectura, que aconsejan leer, que dicen que hay que leer porque leer alarga la vida, la esperanza, cumple los sueños, ejercita la imaginación, te libera no sé de qué, te lleva a no sé donde, etcéteras y etcétera y demás etcéteras. No sé por qué no dejan a la gente en paz, que cada uno haga lo que se le ocurra. Leer no es tan bueno. Te hace un insociable, te ven como un ermitaño, un “bicho raro”, que si lees sentado te pueden salir hemorroides y si lees de pié te pueden salir várices, que si lees acostado te puede dar sueño. No sé por que no dejan a la gente en paz, reitero, y que cada uno elija que hacer con su tiempo. Algunos, los pocos, los menos, gracias a Dios, leemos, y el 80% de la literatura de ficción que leeremos en nuestras vidas será basura. Un 10% será más o menos aceptable, y el 10% restante que seguro nos pareció genial, entrará holgadamente dentro del cajón de nuestra mesa de luz. ¿Por un 10% de genialidad tanto alboroto? Sí, yo leo. Es más: escribo para que alguien lea. Pero con el puñado que lee me conformo. No porque yo escriba voy a hacer campañas para que otros lean. El que quiera leer que lea, el que no que mire la televisión o salga a pasear el perro o mire por la ventana a ver quién pasa. Creo que hay cosas por hacer mucho más interesantes y divertidas que leer. No sabría cuáles, pero seguro que el que no lee las conoce. En cierta medida envidio al tipo que no le interesa leer. Quién sabe de las cosas que uno se pierde por estar leyendo, quien sabe si mi vida no hubiera sido diferente, si no pasó un tren que no vi. Prefiero no enterarme. Así que el que no quiere leer que no lea, no es para nada grave el no hacerlo. Es más, publicitaría eso: “¿No tiene otra cosa que hacer? ¿Está seguro? Entonces sí: lea”. L.P.

domingo, 15 de julio de 2012

Compré mi atado de Chesterfield con esta novedad. Bueno…novedad, lo que se dice novedad, digamos que no, considerando que muchas marcas de cigarrillos tienen estas fotografías. Pero nunca había visto imágenes en los atados de la marca que fumo, sí las famosas palabras “el fumar es perjudicial para la salud” y algún otro párrafo desalentador. Seguro que la imagen no me quitará las ganas de fumar (lamentable y tristemente) pero confieso que quité los 20 cigarrillos del paquete y los puse en el otro que acababa de vaciar, y luego tiré el paquete con la imagen al tacho de la basura. Entiendo que por estos tiempos existen fuertes campañas gubernamentales contra el cigarrillo, entiendo que a la medicina pública le cuesta mucho dinero cuidar a pelotudos fumadores como yo. Estamos de acuerdo y hasta la foto de la rata o la del pulmón con cáncer que había visto en otros paquetes eran para mí aceptable. Pero esta imagen es la de una persona, el rostro de una persona que no sé que otros pecados habrá cometido aparte de fumar, y ahora debe posar para una foto (denigrándose, enfermo, mal herido) que se repetirá por miles en los paquetes de su propia enfermedad. Diciéndolo en criollo: creo que se fueron al carajo. O como dice la bonita expresión española: se les fue la olla. L.P.

jueves, 3 de mayo de 2012

Hace unos días veía un programa donde un grupo de esquimales intentaba salvar a dos ballenas adultas y a un ballenato que habían quedado atrapadas en el hielo. Las ballenas salían, de a una por vez, a respirar por un pequeño hoyo. El mar estaba allá lejos, demasiado para que las ballenas pudieran alcanzarlo sin ahogarse. El grupo de esquimales trabajó durante semanas para salvarlas. Primero intentaron con una enorme máquina flotante que entraba por el mar con unas potentes ruedas de hierro que romperían la capa de hielo. Se atascó y no funcionó. Luego trajeron moto sierras y comenzaron a hacer hoyos enormes separados por algunos metros. La idea era que las ballenas pudieran llegar al mar siguiendo y respirando por esos agujeros. Imposible. Supieron luego que un rompe-hielo ruso andaba por la zona, y le pidieron que entrara cortando la trampa y así salvaron a las dos ballenas adultas. El ballenato se había ahogado. La operación de rescate de estas dos ballenas tuvo un costo de alrededor de un millón de dólares. Fin del programa. Empieza otro que trata sobre un grupo de ecologistas que van en un pequeño barco siguiendo a un buque ballenero japonés. A pesar de los esfuerzos, el buque ballenero mata 4 ballenas en cuestión de un par de horas, enormes, azules, igualmente hermosas. Las arponearon y las arrastraron por una enorme planchada hacia el interior del buque; las descuartizaron y tiraron los restos al mar, que pasaron flotando como enormes algodones sanguinolentos por los costados del barco que intentó salvarlas. En cuestión de dos horas lo uno y lo otro: ¿Será que yo estoy loco e imaginé ambos programas? ¿Puede ser cierto que un mismo canal pueda emitir dos programas seguidos de contenidos tan contradictorios? ¿Será que todas las personas que trabajaron en el rescate de las ballenas son unos idiotas que gastaron semejante cantidad de dinero para poder entregarle la carga a los japoneses? ¿Cómo imaginar que 50 esquimales trabajan un mes para liberar a dos ballenas y 3 minutos más tarde 15 japoneses matan cuatro sin ningún remordimiento? ¿Será que los japoneses no vieron el programa? ¿O será que estamos todos locos, acabados en tiempo y forma, muertos y matando, buenos y malos, enfermos mentales, arruinados ética y moralmente, trastornados, contradictorios y con antojo de aceite de ballena y de esfuerzo esquimal? L.P.

martes, 20 de diciembre de 2011

Arroyo sin nombre


Sobre la ruta 14, entre Gualeguaychú y Concepción del Uruguay, entre los yuyos, solitario, arrumbado, hay un cartelito que dice “Arroyo sin nombre”. Unos metros más adelante, efectivamente, pasan las aguas de un arroyo. Yo lo vi de ida, y a la vuelta, quince días después, lo busqué y lo volví a leer porque dudaba si realmente lo había visto o lo había soñado.
No me sorprendió el hecho de que allí hubiera un arroyo, hay cientos de ellos que cruzan la ruta por tubos de alcantarillado. Lo que me causó cierta sorpresa (luego angustia) fue que el arroyo no tuviera un nombre. Puede que así se llamara, como el perro de mi vecino, que se llama Preguntale, y el chiste tonto consiste en que si alguien le pregunta como se llama el perro, mi vecino dice Preguntale. Puede que al arroyo le jugaran esa misma broma idiota, o puede que no. Imagino a una comisión del gobierno reunido en gabinete discutiendo qué nombre ponerle al arroyo. Digo yo, ni idea quién es el encargado de ponerle nombres a algunas cosas. Lo cierto es que al parecer nadie se puso de acuerdo, o repito, puede que así lo hayan nombrado. Ahora bien: es triste de cualquier manera. Si ese es el nombre que le pusieron, el pobre arroyo es un infeliz correr de agua hacia ninguna playa, hacia ninguna historia. Un triste pasar por praderas y rutas sin que nadie pueda nombrarlo dignamente. Nada ni nadie sabrá jamás su nombre, porque no lo tiene, o porque la ambigüedad de su verdadero nombre “sin nombre” lo hace tan innombrable como a algunos hombres, valga lo espantoso de la oración. Si el trastornado que hizo el cartel perdió el pepelito donde figuraban los nombres de los arroyos y creyó que nadie se fijaría si le ponía “Sin nombre” en lugar de “Arroyo limpio” o “Arroyo Los geranios”, o “Arroyo San Martín, o “Arroyo derecho o torcido o arroyo de mierda”… no sé, yo no perdonaría a ese tipo, no le perdonaría tanta inhumanidad. Si la idea fue del gobierno de esa ciudad, si fue una broma, si realmente fue a criterio del encargado de hacer los carteles, si fue un mal entendido, tampoco lo sé. Pero: ¡Cómo pueden dejar a un arroyo sin nombre! ¡Por Dios! Y todavía lo dicen, así, con pintura blanca sobre un fondo verde brillante, como castigándolo a la inexistencia, como exiliándolo de algo, o de todo. Antes que eso mejor quitar el cartel, mejor no ponerle nada. Se rompió, se perdió, se prendió fuego. Cualquier cosa menos castigar al arroyo de esa manera. Puede haber pasado cualquier cosa, pero lo cierto es que eso dice el cartel, si es que aún está. Seguro que está. No creo que nadie se haya apiadado del arroyo, a quién carajo le va a importar un arroyo, ¿no?

L.P.

martes, 6 de diciembre de 2011

La inventada


La inventada


¿Cómo puedo escribir un relato ambientado en el Moulin Rouge de París en 1884 cuando en realidad el edificio fue construido en 1889? “Soy escritor”, pensó, “me importa una mierda el año”. Así inventó el año y construyó la historia: un lugar, un molino, unas mesas, un escenario… Del mismo modo inventó una mujer (no la sacó de ninguna costilla), y habiendo una mujer le fue fácil escribir un amor. Pero la mujer estaba en el lugar, debajo del molino, sobre las mesas y el escenario, semidesnuda, y el amor dolía en el pecho y los dientes. Entonces escribió (inventó) una desgracia, un dolor, una lágrima, una cosquilla en la panza. Luego se supo negado, obviado, estúpido, y escribió un arma. Se inventó un status para entrar al lugar, un camino para llegar hasta el escenario, un bolsillo para esconder el arma, una sonrisa para ser sarcástico y un dedo para apretar el gatillo.

L. P.

sábado, 6 de agosto de 2011

No molestar: hombre hibernando

Esto es lo que comúnmente por estas tierras llamamos “estar al pedo”. Ni idea de dónde vendrá esa expresión, ni importa. Pensándolo bien, ni siquiera estoy al pedo, más bien estoy en un estado de hibernación, un estado de oso en la cueva. Pero bueno, en cualquier momento arranco, me digo diariamente, como esperando un empujón, como esperando la carroza o un milagro.
Así que les cuento: hago lo menos posible, sólo algunos trabajos que me dejen el dinero suficiente para comer y pagar impuestos.
Ya pasa, ya pasará.
Por lo pronto nada de escribir, nada de esos trabajos nocturnos que para lo único que sirven es para expropiar horas de sueño. Si no hago nada pensando en mi fututo económico-financiero, menos voy a perder el tiempo escribiendo cuatro pavadas que nadie leerá; salvo ustedes, claro, queridos amigos. Lo peor de todo es que creo que estoy feliz así. Bueno, feliz no debe ser la palabra que mejor se ajuste a este estado de ánimo, pero estoy tranquilo. Esto me preocupa (aunque no se note), porque lo que pareciera ser una etapa de confusión podría convertirse en un estado definitivo. Tampoco me imagino definitivamente en este estado.
Este letargo podría deberse a la proximidad con esos cuarentas, esos que golpean la puerta como tres años más allá mientras yo los espío por la mirilla. Si, esa impresión me da. Uno escucha al que vende chucherías que golpea la puerta del departamento de al lado, y sabe que le va a golpear la propia tarde o temprano, y por más que uno se esconda, por más que no lo atienda, a la puerta la golpean igual.
También puede ser esta ciudad. Mi ciudad es grande y gris. Conserva el espíritu pueblerino de otrora, una capucha que la esconde y la hace tímida. Por ejemplo: imagínense una ciudad-pueblo de cuarenta mil habitantes sin un cine. Con una laguna de treinta kilómetros cuadrados, pero sin un cine. Un laguna con muelles que la adornan, con juncos y gallaretas, pero sin un cine. A mi me gusta el cine, no tanto como el dulce de leche, pero me gusta. ¿Qué hacemos en esta ciudad sin cine? ¿Dónde nos metemos cuando llueve? ¿Para qué nos sirve la laguna cuando llueve? Miro por la ventana de la cotidianidad y en mi pueblo pasa lo que le pasa a mi ánimo: nada de nada.
O puede que sea el invierno, porque para colmo hace un frío al que no me acostumbro, y eso me mantiene el cuello recogido como las tortugas, las manos el los bolsillos, calzoncillos largos…
No es tan malo “estar al pedo”. Pero algo voy a tener que hacer. Por el momento escribo esto, que no es poca cosa después de algunos meses, y confieso que el pulso se me había enfriado (un poco más que de costumbre) y se nota en estas líneas. Un amigo me dijo que debería “disfrutar” mientras escribo, que a él le parecía que no lo hacía y se notaba. Acá te lo digo, a vos, si es que me lees: tenés razón, y creo que voy en camino de cambiar algunas cosas.
PD: para colmo de males escucho a este tipo. El polaco Goyeneche. ¡Cómo te extrañamos, che!

L.P.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cumplir los diez

Ayer alguien (y muchos) cumplieron diez años. Me refiero a "alguien" porque a raíz de eso recordé que cuando yo cumplí esa edad mi madre me dijo: "a partir de hoy empezás a cumplir de a dos números". Jamás olvidé ni olvidaré -todos los recuerdos son inolvidables- esas palabras, porque en su momento más que una novedad me provocaron una especie de nostalgia y preocupación. Acordemos que mi cabeza nunca funcionó "normalmente", y que las frases simples suelen convertirse, al cabo se tanto masticarlas, por alguna extraña fusión química o mental, en absurdas paradojas. Y tanto es así que aún hoy, veintisiete años después, sigo pensando si fue bueno o malo enterarme de que a partir de ese momento no volvería nunca más a cumplir de a un solo número, y si el hecho de comenzar a cumplir de a dos cifras no era, de alguna manera no tan simple ni natural, darme cuenta de que empezaba a envejecer.

L.P.

jueves, 5 de mayo de 2011

Un segundo en un siglo



El hombre dejó que la roca lo sostenga y que las pieles lo cubran. Observó la verticalidad de los objetos como la piedra-mesa o la piedra-televisor, quizás sospechando cierta ambigua estupidez natural. Luego sus ojos de acostumbraron a la posición y a la rigidez, a la abertura enorme de la caverna que dejaba entrar el olor del bosque; se fue acostumbrando a la ventana sin cortinas ni sol, al somier al que ya le sobraba un lado y dos patas, al animal que había matado en vano y al tapado de piel que colgaba del perchero, inútiles ambos objetos como así fundadas sus ganas de llorar.

La mujer no pensó en el garrote de otrora, ni en las promesas de entonces. Dejó que el hombre se durmiera y entró en la caverna, buscó lo que en aquellos años no tenía y colocó cuatro prendas y un par de zapatillas en un bolso de lona. Por algún extraño motivo sintió temor de caminar por la montaña y el bosque a esa hora del atardecer donde los animales (o los hombres) son peligrosos, pero de todas formas cerró la puerta y se alejó por la avenida repleta de automóviles y cirujas.

Algo se movió entonces, apenas, como un segundo. Cuando la mujer se perdió tras las rocas-edificios y cerró la puerta, él sintió ese movimiento en los ojos: un torrente de lluvia, una descomposición carnal. Se levantó deprisa, tomó el garrote sólo para volver a resignarlo contra la pared de la caverna, se rascó los cabellos enmarañados, amasó la barba hacia abajo, dejó tiesos los ojos y se dio cuenta de lo sucedido. En esa furia se arrancó las pieles que llevaba encima y se arrojó al suelo boca abajo, tragó el polvo y pateó el suelo. Luego giró, miró la roca del techo, el cielorraso de yeso, la lámpara, un cuadro en la pared, la puerta que acababa de cerrarse. Se arrojó sobre la cama, tembloroso, y se dejó rodar hasta caer sobre la alfombra; respiró pelusas. Algo se movió entonces en los ojos, apenas, como un segundo, como un siglo, como miles de siglos… y el hombre inventó el tiempo, el dolor, la tristeza, la bronca, el abandono y la lágrima. Sobre todo eso: la lágrima. O el desamor.

L.P

El favor




En un abrir y cerrar de ojos esa verdad estaba ahí, frente a mí, como en un espejo. Y fue precisamente eso: entrar en el baño de aquel bar y ver la verdad sobre un cristal mugriento.
Muchas veces había imaginado encontrar una verdad en alguna polvorienta parada de colectivo, en cualquier sueño o en cualquiera de las cuatro esquinas del cruce de las calles Soler y Belgrano. Ni remotamente imaginé encontrarla ahí, en ese bar de mala muerte donde un puñado de escritores fracasados se juntaba cada tarde a defender textos indefendibles. Uno de esos escritores era yo.
Recuerdo que entré al baño con la hoja en la mano, quizás pensando en releer el cuento que había escrito y que en unos minutos debería exponer lo más intelectualmente posible.
Diré lo siguiente: existe algo infundado entre las cuatro paredes de un baño, algo de morbosa soledad que me permite ser tan íntimo como un secreto. Es como que busco cosas en esa intimidad, cositas que no podría buscar donde otros me vieran o donde no estuviera demasiado solo. Así y todo nunca había recibido, hasta entonces y de ningún modo, cualquier tipo de revelación: ni los secretos de la felicidad, o la desdicha, ni la simple visión de un ejercicio bien hecho. Jamás vi ni hallé el Aleph, ni un posible número ganador de lotería ni un cartel significativo como el que vio el Negro Fontanarrosa y que le mostró, del modo más austero, el secreto de cómo atrapar a un lector. Tampoco descubrí ninguna frase bien escrita, ninguna imagen perfecta, ni un corpiño, ni una mujer sin corpiños. Absolutamente nada grandioso había visto en ningún baño de ningún bar. Pero no me dejaba vencer por entonces, y buscaba.
Este baño era más de lo mismo: un espacio con formas de azulejos en las paredes; un cielo raso de yeso varias veces pintado; una mesadita con una sola pileta; verticales mármoles separando los megitorios y enfrente dos puertitas de madera por donde se accedía a los inodoros. Recuerdo que cierto pudor me obligaba a orinar en los inodoros en vez de hacerlo en los mingitorios, y nombrar la palabra recuerdo es simplemente retraerme a aquella tarde cuando descubrí la verdad. Por eso: recuerdo que dejé la hoja con el cuento sobre la mesadita, la olvidé por un segundo, apoyé las manos en el mármol y acerqué la cara al espejo, torcí la boca, me vi una legaña o una pestaña caída sobre el mentón. Luego me metí a orinar y cerré la puerta. Busqué no sé qué cosas escritas, no sé qué frase o metáfora. Algo busqué en los azulejos azules o celestes, en el depósito de agua ahí arriba, con esa cadenita oxidada con el plastiquito en la punta. Busqué en cada rincón no sé qué cosa. Luego lo supe —siempre lo supe, pero a veces me costaba reconocerlo—: la verdad; como si la verdad fuera algo escondido detrás de un inodoro, o detrás del lápiz estúpido de un adolescente que amaba (o ama) a una atorranta de barrio o a una modelo. Y es que me ganaba la bronca porque no encontraba, y comenzaba a pensar con enojo, como que el pibe era un tarado y que la pendeja era una tilinga. Esas cosas. Luego oí la puerta de entrada golpear contra la pared. Para entonces yo ya me había subido el cierre, casi giraba y salía. Pero ya tenía la bronca, y no quería encontrarme con el tipo en ese baño, con ningún tipo. Así que aguanté un rato más, sólo un rato más. Es como que la suerte… sí, esa especie de suerte estuvo ahí, en ese exacto segundo. Es como que al fin la verdad, o la revelación de todo, estuvo y me retuvo y me obligó a oír sobre la puerta, y sentir que el hombre se lavaba las manos, que el hombre empujaba la otra puerta buscando el otro inodoro, que el hombre volvía a salir, y volvía a entrar, y volcaba la tapa del inodoro y el jean que se bajaba, y el quejido gozoso de ese principio. Salí en ese momento, me vi salir en el espejo y ya no pude quitarme la vista de encima. Todo lo hice sin sacarme los ojos de mis ojos: empujé la puerta, caminé dos pasos, abrí la canilla, restregué las manos bajo el agua, las escurrí y me las pasé por el pelo. Cuando oí que el hombre tiraba de la cadena, fue como volver a vivir, y me enojé aún más porque esa estupidez de haberme quedado en esa forma de duermevela me obligaba ahora a cruzarme con el tipo. Me dijo un buenas tardes melancólico, casi un suspiro o una obligación, y salió. Evité verlo. Recuerdo que busqué el cuento que había dejado sobre la mesada, y la hoja ya no estaba. Comprendí: el hombre había entrado y había salido, y había vuelto a entrar. Comprendí: la verdad de mi vida, al menos de mi utópica vida de escritor, estaba ahí sobre el espejo, viéndome como a un perro lastimado, con esos ojos de compasión ajena, de lástima, de pobre animalito de Dios, pobre criaturita buscadora de verdades, pobre perro de felpudo. Afuera estarían ellos esperándome, esperando que el perro de mi verdad saliera a defender lo indefendible, sin sospechar siquiera que lo indefendible era ahora un pedazo de papel en un correr de cloacas. De alguna extraña manera me sentí feliz. Al menos esa verdad me fue revelada sin penas ni glorias, y mientras el perro feliz del espejo me mostraba los dientes, yo lamenté no haberle dado las gracias al tipo, aunque sea haberle visto la cara, aunque sea haberle respondido el saludo… algo.

L.P.

lunes, 14 de febrero de 2011

El Manuel de la Gertrudis


Hace un tiempo que hojeo Carta a los Jonquieres, el libro de Cortázar, libro al que ya le dediqué una entrada y sin pensarlo se merece esta otra. En la anterior mencioné lo que me costaba leer este libro y ya no voy a hacer hincapié en ello; sólo aludiré que lo tengo sobre esta especie de escritorio y que de vez en cuando lo abro al azar y leo las dos carilla que me regala ese recreo.
En una carta fechada el 10 de enero de 1959 (al pie de la página el editor duda y pone 1960. Yo aquí confiaré en la fecha que puso el escritor), Julio Cortázar escribe desde París, luego de una breve estadía en Argentina, y habla de alguna confusión entre lo que se pondera y lo que se desdeña en la literatura de su país, y que ya no halla valores interesantes dentro del ámbito nacional y los que lo son nadie los ve y demás cuestiones. En eso estaba Cortázar cuando dice: “Descubrí a un cronopio que se llama Manuel Kirschbaum, Un cuento suyo delicioso en Ficción que se llama Gertrudis. Éste sí puede darnos algo, si no opta como la mayoría por vivir de la ya hecho y tomar café hablando de lo que hacen o no hacen los demás”. (Pág.406)
La pregunta surgió sin demasiados preámbulos: ¿quién es Manuel Kirschbaum? No sé otros, pero yo me desespero cuando escritores consagrados hablan de escritores no consagrados y los tratan bien, como futuras promesas, como que “éste sí puede darnos algo”. Busqué información en la Web sobre este tipo. Lo primero que me salió fue “Las diversiones exasperadas, de Manuel Kirschbaum”, en Mercado Libre. A los dos días tenía el libro sobre esta mesa, libro destrozado pero completo, libro con fecha de edición el 12 de enero de 1953 y donde el cuento “Gertrudis”, como suponía y para mi desgracia, no estaba. De cualquier manera lo leí casi de un tirón. El libro presenta una serie de cuentos por demás interesantes que no viene al caso detallar.
Seguí buscando información sobre este escritor, y no hay absolutamente nada que tenga que ver con su biografía, con sus títulos publicados y mucho menos con Gertrudis. En un foro literario encontré una persona que hablaba de él, que lo había conocido y al que Kirschbaum le había prestado otro libro suyo llamado "Prontuario de lo grotesco". Me suscribí al foro y le mandé un mensaje preguntándole sobre Kirschbaun. Transcribo aquí una parte de la conversación que tuve con este hombre:

“Sí, lo conocí de esta manera: compré ese libro (LDE), lo busqué en guía y lo llamé. Yo tendría entonces unos 15 años (tengo 75 ahora). Ya era escritor conocido, grupo de Boedo, en los años 30. Me encontré con él varias veces, nunca en su casa, sino en una oficina que tenía. Se dedicó después a la grafología. Tenía una Escuela de nuevas técnicas Psicológicas en Maipú casi esquina Corrientes. No sé que hay ahora ahí; encima, estoy viviendo en Uruguay. Pero las últimas veces que intenté encontrarlo para obsequiarle un libro que yo había publicado, no había rastros de él. Conocí a su hijo en esa Escuela, pero no recuerdo su nombre de pila. También lo vi una vez con Juan Jacobo Bajarlía, pero Bajarlía ya murió. En fin, parece que se lo olvidó definitivamente... Una lástima”.

Sigo buscando información, pero hasta el momento es en vano. Cortázar habla de Ficción. Yo no sé si es el título del libro que lleva a Gertrudis, —ahora sospecho que sí—, o si es una antología entre varios autores que lleva ese cuento. No encuentro ni siquiera “Prontuario de lo grotesco” en ninguna de las librerías de usados que mandé preguntar, que fueron muchas. Las preguntas son tantas…
¿Qué fue de la vida de Manuel Kirsbaum? Ni la más remota idea, pero entiendo que él jamás supo que Cortázar llegó a ponderar y admirar un cuento de su autoría; que Cortázar, desde París, lo nombraba como una posible salvación de la literatura Argentina. No llego a darme cuenta de que si Cortázar hubiera hecho público esa revelación el destino de Gertrudis hubiese sido diferente, ni sé si merecía la pena. También puede ser que como vaticinó Cortázar, el señor Kirschabaum se haya sentado a tomar café y a hablar de los que hacen y no hacen los demás, puede ser. Lo cierto es que Gertrudis no está por ningún lado, y que Manuel se murió sin suponer, ni remotamente, que tantos años después alguien lo andaría buscando.

L.P.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Buscando a Gertrudis


Me acaban de llegar las revista/libros Ficción, que compre para encontrar a Gertrudis de una vez por todas. Veintiún ejemplares, impecables, que se publicaron entre 1957 y 1960.
Por lo que sé Ficción era una revista denominadas de izquierda, de publicación bimestral, que fundó el novelista vasco Juan Goyanarte en 1956 y sobrevivió hasta 1971.
En la edición número 19 con fecha Mayo-Junio de 1959, supuestamente, leyó Cortázar el cuento que ando buscando, Gertrudis, y aquí tenemos un problema: el único cuento de Manuel Kirschabaum que hay en esa publicación es uno que se titula Pechos contra Pechos, y la protagonista del cuento se llama Gertrudis. Yo sospecho que Cortázar se equivocó al escribir el nombre del cuento en la carta, y que así como escribió Kirschbaum sin la “s”, escribió Gertrudis cuando en realidad era el nombre del personaje y no el título del texto. Cortázar leyó el cuento en Argentina y escribió la carta desde París, es comprensible cualquier error.
Ahora me toca leer el cuento, despacio, a ver si es tan delicioso. Claro que me queda la duda si en realidad es el cuento que busco, pero quiero pensar que sí porque son muchas las coincidencias, por lo menos las más fuertes: el año, el autor, y el nombre del personaje.
Copio acá un párrafo del cuento que tomé al azar, para que se hagan una idea del pulso de este escritor casi desconocido. Eso sí, traten de leer con los ojos y el corazón de Cortázar.

“— ¡Gertrudis!— gritó la mujer lanzándome un arponazo. Mi mano retuvo crispada el auricular y lo volvió a acercar al oído. Todo tenso, sentí que mis párpados se cerraban con el pudor de los ojos nublados de repente. La garganta me impedía pronunciar el estallido romántico del corazón. El pasmo se prolongó hasta que la mujer lo rompió, triunfante.”

martes, 8 de febrero de 2011

Al fin Gertrudis



Bueno, quizás sea esta la última entrada referida a Manuel Kirschbaum. Lo último que hice esta semana es llamar a todos los Kirschbaum de la guía telefónica, desparramados por todo mi país, y ninguno de los tantos resultó ser ni familiar ni conocido de Manuel Kirschbaum. Así que por el momento no podré saber nada más de su historia ni encontrarme con sus libros, que era a lo que yo apuntaba. Me queda el consuelo no poco grato de haberme encontrado con Gertrudis, porque ahora sí estoy convencido de que es ése el cuento al que se refería Cortázar en su carta a Eduardo Jonquieres, cuento que en realidad de llama “Pechos contra Pechos”.
Sobre el cuento no diré demasiado, y muy estúpido sería si no me pusiera del lado de Cortázar. Diré que en realidad es un cuento delicioso, no sólo por respeto, sino porque de corazón así me parece. El estilo de Kirschbaun es refinado, sensible, poético, de los que Onetti hubiera premiado, de los que tanto escasean hoy día porque según tengo entendido la literatura va por otro camino. Ya no se buscan estilos, se busca no sé qué cosa, pero alguna otra cosa se busca.
Por lo pronto yo disfruté de esta búsqueda, y me queda escanear el cuento para que lo lea el que así lo desee. Sabiendo que Cortázar dijo que el cuento era delicioso y que su autor era la única esperanza de aquellos años para salvar la literatura argentina, no creo que muchos puedan resistirse. Más aún sabiendo que Manuel Kirschbaum es, a estas alturas, un autor prácticamente desconocido.

Pido disculpas por el trabajo de escaneo. No sé demasiado sobre estos asuntos de cómo escanear y colgar un texto en un solo archivo. Pinchando sobre cada hoja se puede ampliar y así leerlo. Al menos a mí me resulta.

Fuente: revista/libro Ficción. 19 de Mayo/Junio 1959